Al querer acabar con el ser de España, con su Historia, pasado y tradiciones, quienes lo intentan desde hace más de un siglo para sustituirla por pedazos informes de ese propio ser, han venido a mostrar su ínfima calidad como personas, como ciudadanos y como políticos, en los últimos treinta y tantos años de esta democracia que les ha permitido su juego destructor.

La amalgama que conforma esa masa-minoría separatista de nativos, oriundos, renegados, chaqueteros, conversos...ha dejado ver su raquítica talla intelectual y su nula ética. Por el contrario, y sustituyendo a estas carencias en la virtud y en los valores, han puesto a la vista sus grandes vicios: espíritus corrompidos y corruptores, nepotismo descarado, alma de traidores, con un solo criterio y objetivo cual es la ambición de poder acompañada de la rapiña y saqueo de la hacienda pública.

Y con esos mimbres quieren construir no sé qué nuevas naciones, paridas por el vientre muerto de la madre asesinada. ¿Qué podría nacer ya de ésta que no sean fetos malformados si es que llegan a supervivir a ese parto abortivo? Sí, fetos-nación como no podrían ser otra cosa las presuntas nación vasca, catalana, gallega o cualquier otra. Y a su frente y gobierno unos personajes mediocres, usurpadores, insolventes, demagogos, tramposos, mentecatos, asesinos de la verdad, viles hasta la traición, prevaricadores; individuos sin honor y, finalmente, fugitivos porque nunca se atreverán a encarar la hora de su gigantesca responsabilidad ante la Historia. Ironías del destino, siendo enanos de espíritu, sus acciones les han convertido en gigantescos monstruos de destrucción.

¿Hay motivos para la esperanza de que las cosas no sigan este derrotero hasta la desmembración de España a manos de fulleros metidos a políticos? Cualquier proyecto puede ser digno de respeto si nace de la sana creencia y querencia, si no está manchado por la falsedad y, en este caso, además por la ambición de cabezas de ratón y la rapacidad propia de bucaneros.

En esos días cercanos de fervor patriótico, en los que la bandera ha salido a la calle sin los complejos que durante todos estos años de democracia habían impedido que aquélla flameara en sus propias tierras de España, se ha hecho un hueco a esa esperanza. Y por qué motivo tan simple pero tan entrañable: la selección española de fútbol ha ganado la copa del mundo por primera vez.

Muchedumbres, familias, ancianos, niños, jóvenes, mujeres, hombres...han lucido esa bandera o la camiseta y sus colores con fervor, con pasión de Patria. Esos cánticos de "yo soy español, español" y los otros vibrantes y multitudinarios vivas a España; ese himno, hoy sin letra, tatareado desde el fondo de las gargantas; esas enseñas en balcones, ventanas, bares; o portadas por coches, camiones, autobuses, incluso en carretillas de jardineros como yo mismo he visto durante días desde mi ventana, son el cordón umbilical por donde corre la sangre entre la Patria y su pueblo. He ahí nuestra esperanza. He aquí el recuerdo expectante de otras ocasiones en que España ha estado en peligro y en el mismo límite de la última hora ese pueblo, el español, se ha levantado por su Patria. Cabe la esperanza. Cuando presiento las angustias de esa última hora, me acuerdo siempre de la anécdota que el navarro José Antonio Jáuregui, catedrático y antropólogo, contaba de su viaje a EEUU para ocupar una cátedra. Al embarcar en el aeropuerto de Barajas, le dijo a un guardia civil que le cuidara hasta su vuelta a la sufrida o dolorida o decaída España. A lo que el agente le vino a contestar que no se preocupara, que España había salido siempre de todos los momentos difíciles y la prueba era que aquí seguía.

Ya sé que la celebración de la victoria en el fútbol puede verse como un fervorín patriótico. Y lo es; pero nadie puede negar que en esa relación causa efecto aunque la causa parezca tan nimia, el efecto ha sido impresionante, y por qué no, sorprendente.

Quizá habría que preguntarse también por qué esa eclosión de patriotismo ha saltado por un motivo tan elemental y aleatorio y no lo hace por otros más profundos y trascendentales o dolorosos como el terrorismo; o contra un Estatuto secesionista, o por una economía nacional destruida por la incompetencia y la insensatez. Yo no tengo duda. La respuesta es una clase política dirigente que sabedora de la baja formación y cultura de ese mismo pueblo, de las que ella misma es responsable, manipula, desvirtúa, mercadea con asuntos tan graves como el propio ser de España, en vez de poner los remedios justos, exactos y, en su caso, radicales. En su lugar, se dedica a defender sus intereses de partido y clase privilegiada en vez de hacerlo con los intereses generales de España. Esto el pueblo lo ve y lo sufre; y eso al pueblo le produce hastío, peligrosa indiferencia y asco. Sí, asco de la política.

Precisamente estos días, al ver en las calles a las masas enfervorizadas con sus banderas en las manos se me ocurría no sé si una extravagancia, una prueba o un deseo. ¿Qué hubiera ocurrido en esos momentos si por los altavoces de toda España se hubiera oído al unísono la proclama de aquel alcalde de Móstoles, Andrés Torrejón, en mayo de 1808 contra la invasión napoleónica: "Españoles, la Patria está en peligro, acudid a salvarla". Ante el rugido del pueblo, los mercachifles y traidores se hubieran arrojado al mar.

El pueblo español quiere tener su Patria y nadie se la puede arrebatar. Sólo depende de un liderazgo sabio, leal, decente y sentido. Como siempre: "Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor".