Ya en el año 1.869 el genial MIJAIL BAKUNIN adivinó el peligro que, para cualquier organización revolucionaria, supone la ocupación de sus cargos dirigentes por personas de escasa instrucción, recelo hacia individuos más educados de otra clase social y constante temor de ser desalojados de sus pequeños ámbitos de poder por personas de una educación más completa. En la pugna que estamos manteniendo con el sector oficialista de FE-JONS hemos podido ver cómo se hace un arma política del resentimiento social, primando la procedencia popular de determinados individuos para ejercer cargos dentro del partido frente a personas de otra extracción social, al parecer más elevada (siempre al decir de estos curiosísimos y estrafalarios elementos). En concreto, de los falangistas de la Sierra se ha dicho de todo y siempre cómico (demostrativo de la escasa talla del adversario): que vivimos todos en urbanizaciones privadas, que somos todos millonarios, que tenemos servicio filipino, que somos falangistas armani que ejercemos mal nuestra profesión, que no sabemos plantear querellas... siempre utilizando nuestras características sociales o profesionales para atacarnos. En especial, esto se ha manifestado de manera durísima en la persona de NACHO TOLEDANO, haciendo gala de unos modos y actitudes en el ataque nunca vistas antes en nuestro universo político, y esgrimidas con el único fin de hacerle abandonar en sus posturas críticas (por cierto, siempre expresadas de una forma correcta de la que estamos TODOS orgullosos).

Esta absolutamente aberrante interpretación revolucionaria hubiera excluído de los cargos de responsabilidad en la organización a personas tales como, por ejemplo, el propio José Antonio. Y es que un abogado con Despacho en la Calle Serrano, hablando tres idiomas, Marqués, Grande de España, elegante en el vestir y en el trato social, y provisto de un altísimo nivel adquisitivo no hubiera pasado el test de estos modernos integristas. No hubiera encajado -en absoluto- en el mundo del "trabajo bien hecho" y de las explicaciones para tontos.  Estas visiones surrealistas del papel de las personas según la clase social a la que pertenecen, eran más propias -en el pasado, porque ya ni ellos las practican- del marxismo más rancio y ortodoxo que del nacionalsindicalismo. Erradicar estas ignorantes afirmaciones es otra de las asignaturas pendientes de nuestro movimiento.

Esto es lo que dijo BAKUNIN... ¿os suena de algo? ¿a quién os recuerda? 

Cuando hablamos de la necesidad de una exclusión absoluta del elemento burgués, de toda influencia y alianza burguesa, de la organización del nuevo poder del proletariado, entendemos por ello la exclusión de la burguesía como clase, la de todo pensamiento y de toda política burgueses, y no la de individuos convencidos y devotos que, si bien nacidos y educados en el medio burgués, dan la espalda a su clase y, rompiendo todas las relaciones de interés, de vanidad y de sentimiento con ella, terminan por entregarse en cuerpo y alma a la causa del proletariado, identificándose con sus aspiraciones, abrazando sus pasiones legitimas y aceptando todo su programa, que es al mismo tiempo el del futuro. Estos individuos son preciosos a causa de su instrucción y del conocimiento de la política burguesa, que aportan -no la política sino su conocimiento indispensable- a las masas obreras... Existe en la clase obrera un pequeño número de obreros a medias literatos, vanidosos, ambiciosos, y que con toda justicia podrían ser llamados obreros-burgueses. Les gusta aparecer como jefes, como los hombres de Estado de las organizaciones obreras, y se entiende que teman la competencia de los hombres salidos de la clase burguesa, a menudo más devotos, más modestos  y menos ambiciosos que ellos mismos, pero que podrían, sin quererlo, eclipsarles y aplastarles con la superioridad de su educación. Siempre he visto que esta protesta contra la admidsión de los bugueses francamente devotos no procedía de la masa obrera, la cual, con el sentimiento de su propia fuerza, no conoce esos temores mezquinos, sino precisamente de esos jefes pretenciosos y ambiciosos que, escondiendo bajo su blusa obrera intenciones muy poco socialistas, y prestándose de buena gana a todas las intrigas de la política burguesa, con gran frecuencia se convierten en factores de la reacción. 

 (MIJAIL BAKUNIN. UNAS PALABRAS A MIS JÓVENES HERMANOS DE RUSIA (1869). Edición Colección Austral. Página 309).