En pleno verano, con muchas semanas todavía de vacación estival delante nuestra -para los unos o para los otros-, es tal vez mucho pedir a algunos -¿muchos, pocos?- el tener presentes en el recuerdo o dedicar un minuto de atención siquiera a los militares españoles destinados mundo a través en diferentes zonas del planeta, teatros de conflictos armados, ya sea en estado latente como en el Líbano; o en el Afganistán en llamas en cambio. Y del estado de indiferencia generalizado en la opinión nos dejamos contagiar mas o menos todos, lo confieso.

Hasta el punto que hacen falta a veces toques de clarín para llamarnos al orden. Como lo habrán sido ahora las voces en favor de un sindicalismo militar al socaire del recobro de actualidad de todo un panel de problemática militar en relación estrecha con la nueva ley de derechos y deberes de los militares que se viene a sumar -en la misma linea de voluntad reformista del ejecutivo socialista- a la ley de la Carrera Militar, para lo que se tiene anunciada una manifestación el próximo mes de octubre en Melilla. Sindicalismo y milicia, "contradictio in terminis"

Y pronunciándome así se diría que me sitúo voluntariamente casi un siglo atrás resucitando la polémica que arrastraría la aparición de las Juntas de Defensa y su corolario fatal de rivalidad y oposición entre militares junteros y africanistas que se acabaría saldando a favor de estos últimos con la Dictadura de Primo de Rivera. "Son una maravilla los argumentos de esos traidores" escribía el duque de Alba en relación con los insurrectos protestantes. Y sin querer ofender a nadie diré aquí que no dejan de parecerme una maravilla de elocuencia también la gama de argumentos que desplegan ahora los partidarios de la formación de sindicatos militares.

Olvidan, se les va de la cabeza en la discusión un dato o elemento fundamental y lo es la guerra, rezón de ser de todos los ejércitos. Sol negro que hace madurar a los hombres, surcado hoy como ayer de enigmas y de misterios. Y que algunos intentaron de siempre descifrar por la vía fácil de la negativa, y me refiero al pacifismo y a los pacifistas. En el diario belga Le Soir, en su numero de hoy, viene un reportaje a toda plana y en doble pagina de un caso -de "colaborador"- de pacifismo emblemático si lo haya y es el de los pacifistas pro/alemanes que cundieron como hongos en los países europeos en el período de entreguerras que predicaban un acercamiento a la Alemania nazi con el fin declarado (casi exclusivo) de evitar una nueva guerra como la del 14.

En España, el fenómeno no se dió por razones obvias, a saber la guerra civil y también la neutralidad española en la primera guerra mundial que nos libró -al contrario de lo que fue el caso en la mayor parte de los demás países europeos- de todo un aluvión de testigos desencantados de la guerra y de la vida en las trincheras, en primera linea de frente o en la retaguardia; si se exceptúan no obstante casos aislados y un tanto atípicos de antiguos combatientes (u observadores en directo) de la guerra colonial a izquierdas como a derechas como lo ilustran, en paralelo, los casos de Ernesto Giménez Caballero o de Lluys Santa Marina, por un lado; y del otro, el de Díaz Fernández o Arturo Barea (azañista el uno, anarquista el otro) Y el carácter atípico de sus testimonios lo sería por partida doble por decirlo así; en la medida que la guerra colonial en Marruecos ofrecía igualmente no pocos trazos atípicos por tantos y tantos conceptos.

Los pueblos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla. Y está claro que los apóstoles del (nuevo) sindicalismo militar -donde quiera que se vean situados, a izquierdas como a derechas- sufren por lo general, sino de amnesia, sí de una falta de conocimiento cabal y profundo de ciertos capítulos de nuestra propia historia, y me refiero a la guerra civil ya sus prolegómenos por cierto; y sufren también -algo poco realzado y subrayado- de falta de atención o de desinterés por la historia comparativa, quiero decir relacionada con la historia de otros pueblos, incluso en lo que se refiere a la historia de los paises hispanos.

Porque está claro hoy -y el paso del tiempo no hace más que afianzarnos en la idea- que el alzamiento cívico/militar chileno del 11 de Septiembre del 73 -o para entendernos mejor el golpe/de/Pinochet- ofrecería la confirmación de una de las grandes lecciones que nos legaría el estallido de la guerra civil española y fue que la división de la cúpula militar -con su colorario fatal del fracaso inicial del Alzamiento o de la Gran Conspiración como lo llamaría Ricardo de la Cierva-, en ciertos puntos claves en donde, en pura lógica militar, no tendría por qué haber fracasado, fue la causa principal y determinante del estallido de la guerra civil; lo mismo que la unión del ejército en Chile garantizó en cambio el triunfo del alzamiento militar desde los primeros momentos evitándose así una guerra civil entre chilenos.

Y entre las causas de división figuraría en primer lugar la política anti-militar -de cuño azañista- de la II República; pero también -entre los factores de caracter endógeno- un resurgir por aquellos años de la vieja tradición juntera. Disciplina, virtud castrense y razón de ser y ley de supervivencia de los ejércitos y de las naciones a las que sirven. Como lo ilustraría sin ir mas lejos el ejemplo del propio Franco.

Confieso que sin tener (creo) un problema particular con el cumplimiento de deberes de obediencia a los que me habré visto obligado a lo largo de mi vida, no es la disciplina la faceta que más me sedujo hasta hoy del ideal de la milicia o de la vida castrense. En el campamento del Robledo, en la milicia universitaria, al que "sobreviví" por así decir pero en el que no todo fue color de rosas, como no lo fue tampoco del todo en mi período de prácticas de sargento de IPS -que tuvo algo de purga (o persecución) política, como aquí ya cereo haberlo contado a veces- circulaba de moneda corriente la expresión (de claro signo despectivo) de "prusianos" para designar a los que mas se destacaban o por su vocación militar o por su afición a todo lo relacionado con ese género de vida y en particular con la vida medio campamental, medio cuartelera que allí dentro (al are libre) llevábamos. Nunca me ví así tratado -entre paréntesis-, que conste.

"Corruptio optimi pessima" reza el adagio escolástico. Lo peor es la corrupción de lo mejor. Y sin duda que en la obsesión prusiana (y germánica) por la disciplina llevada a unos extremos de inhumanidad en la historia de aquella nación que se harían tan proverbiales, se escondía una deformación de raíz de la virtud de obediencia castrense, sanamente practicada y entendida.

Corre una leyenda paralela a la leyenda negra o si se prefiere formando indisociablemente parte de ella que las guerras de Flandes se perdieron por una indisciplina secular que hacia estragos en las filas de los tercios españoles. Y no hay nada mas falso desde luego. Lo que no dejaría no obstante de agravar el pesado sentimiento de inferioridad nacional -en relación con otro s países- que arrastramos los españoles tras siglos de decadencia. Y en particular por culpa de esa imagen en negro que los otros no dejan de proyectar sobre la forma de ser de los españoles; de seres anárquicos e indisciplinados.

La guerra en los países bajos se acabó perdiendo -pero no en Flandes como ya habremos visto- por falta sobre todo de visión política y a la vez histórica y estratégica por supuesto, en las mas altas instancias dirigentes de la monarquía de los Austrias. E incluso el fenómeno endémico, es cierto que tanto se invoca, de los motines de tropas mal pagadas -o sin verse (casi) nunca pagadas siquiera- acabaría viéndose integrado para pasar a formar parte decisivamente en el buen funcionamiento interno del engranaje o maquinaria de guerra de los tercios de Flandes; e incluso de su propia logística o sistema de economía de guerra.

Y una lectura detallada y minuciosa de aquel capítulo de nuestra historia muestra que las tropas mas amotinadas eran con frecuencia las mas heroicas y aguerridas -lo que no dejan de recordar (a su manera) las aventuras del capitán Alatriste en las novelas de Pérez-Reverte- como ocurrió en el (llamado) "saco de Amberes" en donde se acabaron concentrando en búsqueda de redención -quiero decir del perdón de sus propios mandos- tropas amotinadas en diferentes lugares de las zonas de los países bajos de entonces afectadas por el conflicto.

Otra lección de crucial importancia nos la ofrecen los cuarenta años de lucha que arrastramos todos los españoles contra la agresión terrorista en el país vasco. De entre las lista innúmera de las víctimas de la ETA es notorio que un gran porcentaje lo constituirían miembros de los institutos armados. Y en ningún caso se puede decir que su muerte corriera pareja con un quebrantamiento cualquiera de la disciplina.

Y en algunos casos incluso se puede decir que su suerte trágica se vería decida en la situaciones particularmente expuestas en las que se veían colocados precisamente por obediencia y disciplina y me viene a mente el caso tan emblemático y revelador del comandante Ricardo Saenz de Ynestrillas. Fueron disciplinados al precio de sus vidas. Pero la culpa (de su muerte) no fue suya ni de su actitud (ejemplar) de obediencia y disciplina -en lo castrense me refiero-, sino de las más altas instancias del gobierno de la nación que tenían encomendados el deber sagrado de defenderles y de protegerles.

Franco practicó durante los años de su carrera militar el culto a la disciplina al precio incluso de sus propias convicciones personales, como lo ilustraría su actitud de acatamiento -rubricada por un discurso célebre- con ocasión del cierre, por orden de las nuevas autoridades de la república, de la Academia militar (general) de Zaragoza; y su cruce al final del Rubicón, en ruptura del juramento de disciplina prestado al gobierno legalmente/constituido, fue de esos actos fundacionales -de legitimación- que se explican y se cubren y justifican por si solos, y justifican a su vez todo lo que se les seguiría.

Y con todo lo que precede no quiero partir una lanza cualquiera ni contribuir a reabrir o resucitar tampoco el viejo debate y la vieja rivalidad histórica entre militares junteros y africanistas. Con el alzamiento del 18 de Julio, es cierto, triunfaron los africanistas; el ejercito de África que se había mantenido unido como un apiña mientras que en la península mas permeable a la mentallidad juntera se vería lo que se vería. La moraleja no puede estar mas clara a mi juicio...Y sin embargo en el primer acto institucional de los sublevados -la formación de una Junta de Defensa- se podía ver un homenaje de reconocimiento a la mentalidad juntera por discreto que fuera..

Y era porque todo se jugaba entonces en el plano de la reivindicaciones supremas; un ser o no ser de la nación lo que entonces estuvo en juego. Y mientras llegan esos momentos cruciales, asociados normalmente a grandes hitos históricos, el militar debe opta por propia definición en favor de la obediencia y de la disciplina. Y es la razón íntima y profunda del callejón sin salida -en la opinión publica y entre militares me refiero- en el que se encuentran los proyectos de reforma militar que han venido sucesivamente viendo la luz del día.

Porque parece como si las protestas emanadas mayormente de la izquierda contra un proyecto -el de las carreras militares- juzgado demasiado restrictivo vinieran a arrojar discretamente, en definitiva, una cortina de humo en torno al punto crucial del mantenimiento y salvaguarda de la disciplina castrense. Los socialistas -está claro- son enemigos del ejército y mas aun de este ejército descendiente del bando vencedor el Primero de Abril, que les ha caído en suerte -nunca mejor dicho- en virtud de la transición política y al cabo de los distintos avatares de cuarenta años de democracia.

Y se diría que las dos opciones destructoras que manejan con mas premura y destreza lo sean por un lado la vía de los ascensos ("políticos") y por otro el quebrantamiento de la disciplina. El sindicalismo/militar se ve aún oficialmente excluído en las reformas anunciadas; pero como ocurrió en el concilio todo hace temer que los textos acaben abriendo la puerta -la brecha que me diga- a las reformas en lugar de encauzarlas como deberían.

Peligro (inminente) de balcanización. Caveat rex! La disciplina (interna) castrense no se toca.