3. Crecimiento (1972-1979): Temores y esperanzas
El fervor profético emanado del Concilio y Medellín encontró eco en muchos cristianos latinoamericanos. Estos se empeñaron en poner en práctica los compromisos evangélicos a que invitaban los obispos. Se abrieron valiosas experiencias apostólicas. Se reabrieron sendas y caminos que habían quedado cubiertos por el tiempo.
Ese fervor profético pronto topó con la reacción del sistema dominante. Cristianos y no cristianos empeñados en la liberación sufrieron duros golpes. El golpe de Pinochet en Chile marcó la pauta. Los regímenes de seguridad nacional se difundieron por todo el subcontinente. Se apoyó económicamente a esos gobiernos dictatoriales y corruptos con petrodólares que era necesario hacer circular para la transnacionalización de la economía y su comercio y colocar el grillete de la deuda externa en nuestro pueblos, nueva forma de servidumbre y explotación. Es más, fuertes sectores de las jerarquías eclesiásticas dieron la espalda al Concilio y Medellín. Por otra parte, bajo capa de frenar el avance del comunismo internacional, muchos sacerdotes, religiosos, y aún algunos obispos, no sólo fueron vistos como sospechosos por su compromiso con el pobre, sino que fueron seriamente atacados y marginados en sus iglesias locales o congregaciones[29].
La liberación del oprimido acarreó pesadas cargas a las ya existentes (Ex 5, 6-23). Sin embargo, a pesar de las muchas dificultades y persecuciones, el nuevo germen de Iglesia, en el espíritu del Vaticano II y Medellín, fue avanzando. Baste considerar el crecimiento de las comunidades eclesiales de base del año 1968 a 1979. Asimismo, la reflexión de fe, que acompaña a ese proceso social y eclesial, fue creciendo y purificándose en las pruebas.
Presento, a continuación, el proceso de crecimiento de la teología de la liberación bajo tres aspectos: los momentos significativos que jalonan esta etapa antes de Puebla; los aspectos teológicos que ofrecen avances inspiradores en esta etapa; y el hito de la Conferencia Episcopal de Puebla.
a) Acontecimientos significativos de 1972 a 1979
Considero que son cinco los más importantes. Estos acontecimientos ayudaron a recoger y profundizar elementos centrales ya bosquejados en Teología de la liberación y, sobre todo temas surgidos desde la praxis de liberación. Asimismo esos acontecimientos fueron punto de arranque o incentivo para abordar o profundizar diversas cuestiones.
- El encuentro de El Escorial (8-15 de julio de 1972). Se caracterizó por el compartir de teólogos latinoamericanos con algunos europeos el sentido y método del pensamiento teológico en la línea y enriquecimiento de teólogos latinoamericanos y europeos, particularmente españoles[30].
- El encuentro efectuado en México (11-15 de agosto de 1975). Se centró en el intercambio sobre el método teológico. No se trataba de presentar con exclusividad el método teológico. No se trataba de presentar con exclusividad el método de la teología de la liberación, pero fue reconocido como el más rico y el que recogía la inspiración del Vaticano II, además, como el más apropiado para la situación y necesidades de nuestra Iglesia latinoamericana[31].
- El encuentro de Detroit (18-24 de agosto de 1975). Reviste singular importancia por la forma en que se preparó y efectuó. Durante un año se fueron trabajando por diversos grupos de base de Estados Unidos las aportaciones a la reunión. El encuentro fue decisivo para el compromiso de dichos grupos con sus hermanos cristianos que luchan por la liberación. Asimismo, fue un acercamiento y conocimiento de teólogos latinoamericanos y algunos norteamericanos. Va a significar también un paso en el acercamiento y trabajo común con hermanos de otras denominaciones cristianas[32].
- El encuentro de Dar es Salaam (5-12 de agosto de 1976). Fue la ocasión para reunir algunos de los mejores teólogos de Asia, Africa y América latina. Marcados por situaciones de colonialismo y opresión en sus respectivos pueblos, se inició el fecundo trabajo y las reuniones de la asosciación llamada "Teólogos del Tercer Mundo". Se da un paso adelante en la conciencia y praxis eclesial en la lucha por la liberación integral de nuestros pueblos[33].
- La convocatoria y preparación de la Conferencia de Puebla (1977-1978). A finales de 1976 se convocó una nueva reunión general de Episcopado latinoamericano que tendría lugar en Puebla. Su finalidad, se afirmaba, era intentar recoger y evaluar el proceso eclesial desde Medellín. Dicha convocatoria suscitó un intenso trabajo teológico. De hecho fue un estímulo eficaz para purificar, profundizar y ampliar el servicio de la teología de la liberación. Los estudios y aportes de las Iglesias locales y nacionales exigieron a las mismas el reflexionar sobre su ser y su quehacer.
A aquel grupo de Segundo Galilea, J. L. Segundo, H. Assmann, Míguez Bonino, Gustavo Gutiérrez, etc., que ayudó a gestar la teología de la liberación, se sumaron en la década de los setenta, entre otros, varios teólogos de gran valía como Leonardo y Clodovis Boff, Raúl Vidales, Ronaldo Muñoz, Jon Sobrino, Pablo Richard, Enrique Dussel, Ignacio Ellacuría, etc. Con este conjunto de teólogos, y los que colaboran en torno a ellos, se avanzó en el tratamiento de los diversos temas teológicos.
b) Avances importantes en la teología de la liberación (1972-1978)
Destacan siete temas en los que se avanza en este período. No ocurre esto en un orden cronológico exacto, pues no obedece a un programa preestablecido, sino que los temas se van perfilando muchas veces desde la situación y necesidades sentidas por las diversas comunidades eclesiales. Aunque algunos temas se van entrelazando, trataré de presentarlos aproximadamente tal como van siendo profundizados.
- El interlocutor de la teología de la liberación. En el encuentro de El Escorial, Gustavo Gutiérrez desarrolló y valoró el esfuerzo de la teología europea moderna, que llegó a fructificar en el Concilio, al tratar de responder a los retos del no creyente. Ahora bien, en América latina la increencia es mínima. Por el contrario, la miseria y pobreza son generalizadas. De ahí considérase como el interlocutor de la teología latinoamericana a las muchedumbres en situación de no humano. El asunto no es, pues, cómo hablar de Dios en un mundo increyente y secularizado, sino cómo anunciarlo como Padre en un contexto deshumanizado e injusto[34]. El esclarecer y determinar el interlocutor teológico ayudó a situar correctamente los avances y las críticas al pensamiento emergente latinoamericano.
- La Biblia releída y ahondada desde los pobres. Si bien son varios teólogos quienes viven en su práctica e iluminan este aspecto[35], el que coronó muchos esfuerzos y logra plasmar un método es Carlos Mesters[36]. La invitación e impulso conciliares para la utilización de las Escrituras se van haciendo realidad en miles y miles de cristianos y comunidades que aprovechan los elementos metodológicos de Mesters. Punto clave en la hermenéutica bíblica es la vida y solidaridad con los pobres. De esta comunión surge el escuchar juntos los pasajes bíblicos y recoger sus intuiciones y reflexiones. Con este material se profundiza, junto con otros exegetas, el sentido de los textos. Y esto se sistematiza y ofrece en folletos populares. Mesters y un puñado más realizan esa siembra a lo largo de esa década.
- Releer la historia de la Iglesia desde el reverso. Sobresale el estudio de Enrique Dussel, Historia de la Iglesia en América latina[37]. Es el primer intento de reorientar la lectura de la historia eclesial desde la praxis de la liberación. Este enfoque marca la distancia entre la lectura de Dussel y las lecturas tradicionales. Usa como instrumento y paradigma de análisis el de Fessard, en sus tres relaciones fundamentales: hermano-hermano (político-justicia); hombre-mujer (erótico-sexual-familiar); padre-hijo (pedagógica). Ella configura el núcleo ético-mítico, y es el núcleo que da sentido a la vida de los pueblos. Con el colonialismo español, ese núcleo, en los indígenas, fue oprimido; fue la etapa de la cristiandad colonial. En la segunda etapa (1808-1930), de los estados republicanos, señala Dussel que se cambió de dueño, pero siguió la dependencia, ahora de las ideologías y formas políticas surgidas de la revolución francesa. La tercera etapa, que se inicia en 1930, apunta hacia el despertar del subcontinente hacia su liberación. Este intento de relectura ayudará a iluminar y reenfocar la labor de muchos estudios de historia de la Iglesia[38].
- La fuerza histórica de los pobres y la justicia. En los libros de Gustavo Gutiérrez La fuerza histórica de los pobres y Desde el reverso de la historia[39] se recalcó que los pobres no son sólo el lugar privilegiado de la manifestación de Dios, sino que son también los portadores fundamentales de la buena noticia de la liberación. Los pobres nos evangelizan al constituir el sujeto histórico del reino. Desde ellos se puede cambiar la historia hacia la fraternidad; tienen el potencial del Espíritu del siervo de Yahvé. Mientras los poderosos ofrecen su propia visión histórica es muy otra la lectura del Espíritu de Dios, que opera desde los humildes y sencillos.
- Cristología desde América latina. Profundizar en la praxis de la liberación implica ahondar en la praxis histórica de Cristo. La cristología, corazón de toda teología cristiana, fue lógicamente la que empezó a ser más trabajada en la teología de la liberación. En este período, los estudios de L. Boff y J. Sobrino sobre el tema son sin duda los mejores frutos de una abundante producción. El estudios de L. Boff pone de relieve y manifiesta lo certero de calificar a Jesucristo como el Liberador, título muy estimado por los cristianos comprometidos con el pueblo. Además, ofrece una sólida presentación bíblica de Cristo desde una perspectiva latinoamericana[40]. El estudio cristológico de Jon Sobrino representa un avance cualitativo en la reflexión teológica sobre este tema. Critica profundamente puntos de partida cristológicos que no se fundan en el Jesús de la historia. Y retoma y relee, desde la perspectiva de los pobres, los aspectos centrales del acontecimiento histórico de Jesucristo. Quizá no sea demasiado arriesgado afirmar que este estudio fue la mejor aportación a la teología de la liberación en la década de los sesenta[41].
- Espiritualidad y método teológico. Una espiritualidad, una evangelización que no ayuden al cambio de corazón y de mente son falsas. Una teología que no manifieste el porqué del cambio y sus orientaciones es como un foco fundido. Monseñor Proaño ayudó en esta iluminación[42]. Muestra cómo la evangelización tiene una clara dimensión concientizadora y politizadora. En esa perspectiva escribió: "Una contemplación, una espiritualidad que no están enraizadas en la misión liberadora de Cristo no son auténticas"[43]. Y lo mismo cabe decir del quehacer teológico. El método teológico latinoamericano surge y bebe de la espiritualidad del Verbo encarnado y liberador. J. L. Segundo ofreció un magnífico aporte sobre la teología y la correcta hermenéutica[44]. Asimismo, Pablo Richard, en diálogo con la teología europea, subrayó cómo el método teológico latinoamericano parte de la situación opresión-liberación. Por tanto, no se centra, a diferencia de teologías europeas progresistas, en la oposición abstracto-concreto, sino en la dominación-liberación; ni en la deductivo-inductivo, sino en la interpretación-transformación[45].
- Iglesia y liberación. Tierra fértil donde surge la fisonomía, el rostro rejuvenecido de la Iglesia en el espíritu de Medellín, son las comunidades de base. En ellas va creciendo una reflexión sobre sus características, sus notas como Iglesia. Momentos que recogen y sistematizan muchas experiencias y reflexiones fueron los encuentros nacionales de las comunidades eclesiales de base, entre los que destacan los del Brasil. Su primer encuentro nacional se efectuó en la ciudad de Vitoria. Allí, el proceso de Iglesia y teología alcanzaron un nuevo nivel. Se realizan con una periodicidad de tres años y vienen marcando las etapas por las que va pasando dicha Iglesia y su misión liberadora al interior del pueblo. En distintas formas, según situaciones y momentos propicios de los diversos pueblos, se va dando un proceso similar.
La elaboración y desarrollo de estos temas fueron delineando las características propias de la teología de la liberación latinoamericana. Al crecer esta reflexión, con sus rasgos específicos, se fue distinguiendo de otro tipo de reflexiones. Sus valores fueron iluminando el caminar eclesial, y a la vez, experimentó la exigencia de mayores esfuerzos para responder al clamor y urgencia de los que sufren en la pobreza. Asimismo fueron apareciendo algunos temores y críticas, que tomarán fuerza pasado el primer fervor de la Conferencia Episcopal de Puebla.
c) Un paso adelante: el hito de la Conferencia Episcopal de Puebla: Feb-1979
El caminar de iglesias locales y grupos cristianos con su acento original e independiente, en el espíritu del Concilio, suscitó temores y esperanzas. En ese clima se vivió una verdadera efervescencia de experiencias y reflexiones, no sólo en el ámbito eclesial, sino en buena parte de la sociedad. ¿Qué posiciones asumiría la reunión de Puebla? ¿Qué diría sobre la misión de la Iglesia en el subcontinente? ¿Qué posición asumiría con respecto a Medellín? ¿Qué juicio haría sobre la inspiradora y ahora temida teología de la liberación?
Durante el año 1977, el grupo directivo del CELAM preparó un documento de trabajo para la Conferencia, desde una ideología lejana al pueblo, y consiguientemente lejana a sus logros; pero fue rechazado por la mayoría de los episcopados nacionales. Tuvo que rehacerse y disminuir un poco su tono negativo. Para evitar que se difundiera, y sobre todo que se le criticara, se envió con tiempo justo para que se recibiera poco antes de la reunión episcopal. Fue enviado con la aprobación de Juan Pablo I, que en agosto de 1978 había sucedido a Pablo VI. Juan Pablo I anunció que iría a Puebla, y pocos días antes de su muerte ya se había enviado el documento de trabajo. La Conferencia se retrasó de octubre de 1978 a enero-febrero de 1979. El ambiente y metas puestas por el documento de trabajo se diluyeron. Tal como se vivió Puebla, y como puede verse en sus actas, dicho documentos careció de relieve: ni ayudó, ni estorbó.
Lo que impacta es recordar los muchos modos en que los pequeños grupos eclesiales buscaron hacer llegar su voz hasta los obispos. Reuniones, envío de delegaciones, desplegados periodísticos, etc., llenaron el ambiente previo a la Conferencia. Muy iluminador fue el documento preparatorio de los religiosos, elaborado por la CLAR. Por lo que toca a los obispos se asesoraron de muy diversas maneras. Pero lo que fue común y muy profundo, fue la oración del pueblo de Dios impetrando al Señor que enviara su Espíritu a Puebla.
El papa Juan Pablo II, en su primer viaje, quedó impresionado por la cálida y cariñosa bienvenida que le dio el pueblo de México. Inauguró la Conferencia, y en marzo de 1979 aprobaría el documento final. En éste se responde a las principales inquietudes de aquellos momentos. Fue producto de la amplia y sincera oración de millones de católicos y el esfuerzo de los que participaron de alguna manera en esos trabajos. El eje central del llamado y de las orientaciones de la Conferencia de Puebla responde a las cuestiones centrales, que no son otras que las abordadas por la teología de la liberación, y son así una evaluación crítica de la misma. Lo podemos sintetizar en cuatro puntos:
- Análisis de la realidad, visión pastoral y discernimiento. En esos años el tema del análisis de la realidad era candente. En algunos medios muy conservadores, se confundía hacer ese tipo de análisis con ateísmo; analizar los aspectos económico, político, ideológico para acercarse a la realidad, con atacar a la Iglesia. En el capítulo primero, denominado visión pastoral, sin embargo, no sólo se aprueba, sino que se usa el análisis de la realidad en los niveles económico, político e ideológico. Lo importante viene a ser ahora cómo se usa bien un instrumento. Y los obispos lo usan con la perspectiva de los pastores: el énfasis está en la visión pastoral, en contraposición a otra visión sociológica, etc. Unos pastores sin visión de la realidad, mal podrían juzgar de ella y discernir el bien del mal. El instrumental metodológico central en la teología de la liberación viene a ser aprovechado y avalado en Puebla[46].
- Misión de la Iglesia: la evangelización liberadora. Ante el pecado social discernido en el capítulo primero, se urge a una evangelización liberadora, a ejemplo de Cristo, cuya continuadora es la Iglesia. Se señala que "la Iglesia, del modo más urgente debería ser la escuela donde se eduquen hombres capaces de hacer historia de nuestros pueblos hacia el Reino"(Puebla 274). Este llamado y necesidad se hacían más apremiantes, ya que la situación de injusticia institucionalizada se había agravado en la mayoría de nuestros pueblos, como enfatizan los obispos: "Los pastores de América Latina tenemos razones gravísimas para urgir la evangelización liberadora" (Puebla 487). Así se recoge y hace suyo el núcleo central de la teología de la liberación que manifiesta cómo el Señor llama a la liberación. Liberar, hacer la justicia, es hoy el modo verdadero de amar a Dios y los hermanos (Puebla 327).
- Liberación y reconfiguración de la Iglesia y la sociedad. "En esto reconocerán que son mis discípulos: si se aman unos a otros (Jn 13, 35). Cuando los hermanos viven unidos y compartiendo sus bienes, con especial atención a los pobres y desamparados, es señal de la presencia del Señor. Los pastores reunidos en Puebla elevaron su voz para destacar que la evangelización liberadora estaba en marcha en las comunidades eclesiales de base, "las cuales son motivo de alegría y esperanza para la Iglesia (Puebla 96). Medellín no sólo generó conciencia, sino impulsó eficazmente a vivir como hermanos, cuya concreción son las comunidades. La renovación empieza en casa, no sea que suceda que la Iglesia, en sus llamados, "sea candil de la calle y oscuridad de la casa", como enseña la sabiduría popular. Desde la renovación propia en las comunidades eclesiales, y de modo particular desde ellas, la Iglesia latinoamericana se lanzó a su misión de cooperar en la liberación de nuestros pueblos y en la construcción de la nueva sociedad pluralista (Puebla 1206). El documento indica que las comunidades "se han convertido en focos de Evangelización y en motores de liberación y desarrollo (Puebla 96). La Iglesia ofrece sus brazos y corazón a todos los que se empeñan en la construcción de una sociedad justa y fraterna en que se respeten los derechos humanos (Puebla 1206-1293). Los grupos humanos y eclesiales, que alimentan privilegiadamente la reflexión teológica de la liberación, son avalados y reimpulsados por el Sínodo de obispos latinoamericanos.
- Evangelización liberadora y la opción preferencial por los pobres. El modo, el estilo, la estrategia, no puede ser otra que la dejada por Jesús, que nació, vivió y evangelizó en pobreza, solidario con los pobres (Puebla 190). Esta realidad se ha recuperado en todo su vigor y cuestionamiento en la teología de la liberación. Y nuevamente los obispos apoyan con su magisterio la opción por los pobres, subrayada por Medellín (Puebla 1134). Es más, a partir de esta opción la Iglesia quiere llamarse "la Iglesia de los pobres". En comunión solidaria con el pobre y su proyecto histórico camina la evangelización. Esta orientación enmarca la opción por la justicia que subrayan los obispos y que presentan como tarea: constructores de la nueva sociedad, como vimos en el párrafo anterior. Desde esta perspectiva de la opción por los pobres y su justicia se subraya proféticamente la opción por los jóvenes, como opción por el futuro, como rechazo el presente pecaminoso, como actitud transformadora y activa ante la realidad (Puebla 1186). Así pues, la opción preferencial por los pobres no se ve como algo romántico o lejano, sino que entraña la búsqueda de la justicia con corazón joven cargado de esperanza.
Como es normal en el caminar de la Iglesia en concilios y sínodos se ventilaron diversos puntos. Pero éstos como vocaciones, ministerios, educación, salud, etc, quedaron reorientados desde la perspectiva del eje, del núcleo central del mensaje de esos sínodos. Ciertamente la Conferencia de Puebla respondió a las graves cuestiones que se le plantearon. Clara y repetidamente avaló a Medellín y su profetismo. Subrayó que la misión, hoy, de la Iglesia está en la práctica de la liberación en el espíritu de Jesús. Recogió, aprovechó y reimpulsó el servicio de la teología de la liberación, como hemos ido destacando.
4. Consolidación (1979-1987): Hacia la maduración en medio de conflictos
Al trabajo realizado en Puebla por los teólogos de la liberación siguió el de facilitar la lectura y difusión de su mensaje. Esta labor llenó buena parte del año 1979. Era muy importante que el pueblo, que había orado y reflexionado sobre su caminar, conociera y comentara los aportes de los obispos. Con aire primaveral, en muchas comunidades eclesiales de base, fueron recibidos los documentos de Puebla. Se abrieron algunos espacios para vivir la fe y esperanza en la práctica de la liberación. La tarea descrita evitó la ignorancia o deformación del documento de Puebla en algunos sectores del pueblo de Dios.
Pero la consolidación que se fue logrando en estos años, será también polémica, pues se irá generando un tono general que enlaza con el ambiente anterior a Puebla: sospechas, desconfianza, ataques. En medio de conflictos, la teología de la liberación seguirá ahondando en sus rasgos propios y pasará a ocupar un lugar primordial en la teología de los ochenta.
La riqueza de la reflexión teológica latinoamericana seguirá dependiendo de la gran riqueza evangelizadora de varias Iglesias locales y de muchas comunidades eclesiales de base; signo de la esperanza de que algún día se hará presente una realidad diferente a la explotación que sufren las mayorías de nuestros pueblos. En julio de 1979 es derrocada la dictadura de los Somoza, y de Estados Unidos en Nicaragua. Es notable la presencia destacada de sacerdotes y cristianos en el proceso de liberación, que fue y sigue siendo signo de contradicción. Ese proceso del pueblo, que nos cuestiona, y los pastores que lo alientan, llegó a tener un modelo en monseñor Romero, obispo y mártir. Desde su muerte el 24 de marzo de 1980, no sólo el pueblo salvadoreño, sino el pueblo latinoamericano, lo reconoce como ejemplo de pastor. Su vida, su compromiso, su palabra, cuestionan y alientan la evangelización. El espíritu y orientaciones de Medellín y Puebla encontraron en él a un hombre cristiano dócil al Señor. Aunque a diverso nivel y ritmo, muchos procesos eclesiales han vivido en ese espíritu. Este caminar, esta vitalidad eclesial de la que van surgiendo tantos mártires, esclarece algo de dónde surge la fuerza que se encuentra en la teología de la liberación.
En la década de los ochenta se va ahondando la brecha entre ricos y pobres. Las grandes deudas contraídas en los años setenta, inducidas por el gran capital financiero mundial y canalizadas por los gobiernos corruptos, en general de la seguridad nacional, se convierten en carga insoportable para nuestros pueblos. La planificada alza de intereses (de un 4 a 5 por 100, hasta el 23 por 100 a principios de la década), ha significado una sangría interminable, que se traduce en menos pan, más enfermedad y muerte para las mayorías empobrecidas. A esto se añade la baja en los precios de las materias primas de los productos latinoamericanos. Por otra parte hay un resurgir de democracias formales en América latina, aunque impotentes e inoperantes en la práctica. En algunos países la democracia alcanza ciertos niveles de dignidad, como en Argentina; pero en otros sigue generando tristes realidades, como en Honduras El Salvador[47]. Tan inocultable es el agravamiento de la injusticia social en América latina, que aun personas que se mantenían distantes de los procesos sociales se van implicando en ellos al lado de sus pueblos

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