Bochornoso y vergonzante espectáculo el que está protagonizando el falangismo en estos días. Oportunismo parasitario el de las organizaciones que dicen representar al falangismo. Una, chupando rueda de "Manos Limpias" para ser desalojada a puntapiés por chuparla mal. La rueda. Y otra, aprovechando el río revuelto para ganancia de pescadores sin percatarse de que da igual la repercusión mediática que tengan si las cosas las siguen haciendo mal e improvisando: aparte de ser siempre irrelevante y marginal, no hay dios que permanezca en tal grupo si carece de organización, de objetivos, de proyecto y de estrategia.

Ni Garrido tiene la legitimidad de NADIE para distribuir acreditaciones de falangismo ni se puede ejercer de tal practicando la hipocresía y el deshonor que, como dijo Churchill, al final les deparará también la guerra.

Nadie va a ilegalizar a falange alguna porque todas son insignificantes e irrelevantes. Padecen varios males endémicos, como el escisionismo y el egocentrismo, pensando que son el ombligo del mundo. También el de la endogamia, sobre todo en la Junta que dirige hoy día FeJons -por no entrar en la eterna juventud del anciano que dirige este movimiento juvenil, aferrado a su banqueta como a un clavo ardiendo-.

Las falanges deberían autodisolverse antes de enfangar más el nacionalsindicalismo. Eso o meditar sobre el camino mediocre, marginal, cainita, insignificante y parasitario que arrastran. Abandonar los viejos prejuicios eternos. Sacudirse la naftalina unos, prescindiendo del meapilismo militante, y del frikismo extremoderechista otros. Decidir un plan de acción política viable con objetivos a corto, medio y largo plazo y cumplir las decisiones de la propia Junta.

Elegir una estrategia y la táctica para poder cumplirla. Y reunir un equipo de personas dinámico, enérgico, comprometido, serio, actual, moderno y eficaz. De resto, todo es marear la perdiz. Ponerse en ridiculo a sí mismas y, por ende, hacernos sentir vergüenza ajena a quienes nos sentimos falangistas -y lo somos sin falange por imperativo moral- ridiculizándonos también a todos.