1. 1. La manifestación de un deseo de cambio, pero ya, es directamente proporcional al conservadurismo. Si deseas cambiar, te pones a ello. Cuando más se manifiesta el deseo de cambio es cuando más cambio hay pendiente y sin asumir. Una analogía sería la regla que te dan en cualquier curso de primeros auxilios: al que se debe atender primero es al que no se queja. Quien más vehemente es en exigir el cambio, pero ya, puede ser el más conservador.
  2. 2. El deseo de cambio es más constante que la voluntad de cambio. Lo cierto es que la voluntad tiende a ser más frágil que el deseo en la medida en que la voluntad implica acción y el deseo (sólo) intención.
  3. 3. No es lo mismo el cambio que mi cambio o que el cambio en los demás. Quiero que todo cambie pero también quiero un centro de gravedad permanente que no varíe lo que ahora pienso de las cosas, de la gente, como dijo Battiato. El cambio es guay. El cambio en los demás es mi más íntimo deseo. Mi cambio es jodido.

4.  El cambio es un vector con un punto de aplicación, una intensidad y una dirección. El cambio no es una simple decisión. Eso no funciona. Decides comenzarlo, vale, pero después sólo decides la velocidad y la dirección. El cambio se pone en marcha y se mantiene mientras avanza, como una bici. Párate y te caes.

5. En consecuencia, cambiar es un coste fijo proporcional al tamaño y al número de puestos de una organización. No es una inversión amortizable. Planteado como una inversión genera cursos, consultorías, informes y compras muy excitantes que duran lo que duran y acaban en el olvido, en un estante o en un cajón.

6. Déjate de diagnósticos de la situación inicial. Sólo perderás el tiempo y le darás a lo que hay la consistencia de lo formal. Empieza con el cambio en la dirección que valores mejor, ya corregirás, te desviarás, acelerarás y frenarás (pero no te detendrás) en función de lo que vaya aconteciendo.

7. Gestionar y liderar el cambio tiene un precio. Debe ser una carrera de relevos. No puede depender de una persona demasiado tiempo.

8. Cambiar un poco, lo justo, sin pasarse, no sea que se monte una crisis de esas, no es cambio. Ni el café sin cafeína es café. No hay cambio sin una crisis que afrontar.

9. Pero cambiar y adaptarse van juntos. Es una paradoja, ya. Pero para que la organización siga funcionando debe cambiar y adaptarse a lo nuevo a la vez. El cambio sin adaptación no es una crisis, es un desastre. El secreto es controlar la velocidad y la aceleración. Quien quiere el cambio, pero ya, es un inadaptado a un cambio anterior (como buen conservador).

10. No todo el mundo, ni mucho menos, estará dispuesto a cambiar. Es doloroso pero es lo que hay. Ves pensando qué harás con los inmovilistas. Una opción es disecarlos y ponerlos en una vitrina (es broma, claro, o no).