El catorce de marzo el consejo de ministros del gobierno socialista de Zapatero, aprobaba un ante proyecto de ley por el que se despenalizaba el aborto, y se autoriza su comisión hasta las 14 semanas sin que se tuviera que alegar ningún supuesto, incluyendo a las mujeres menores de edad, dieciséis años, quienes tampoco tendrían necesidad de conocimiento y permiso paterno. A partir de los tres meses y medio de embarazo las mujeres serán libres de interrumpir su embarazo bajo unos supuestos igualmente permisibles. En realidad aunque los socialistas la calificaban de ley de plazos, la verdad es que al menos a mí, me parece un aborto básicamente libre.
Como era de esperar esta iniciativa legislativa que queda a las puertas de su aprobación si el parlamento no lo impide, ha vuelto a dividir a los españoles entre quienes ven en esto una norma de muerte, y los que la defienden por considerarla un derecho de la mujer. Y aquí hay que mojarse de ujna vez, porque nos estamos jugando algo más que una votación más o menos interesada. Desde luego yo, que me creo católico, malo pero católico, y por lo tanto defensor de la vida y jamás de la muerte como entiendo que es el aborto, no descalificaría a los que por contra, y aunque me repugne la idea, pretenden imponer su filosofía de muerte. No se me ocurriría el condenar - tampoco puedo -, a quienes interpretan la interrupción voluntaria del embarazo, o sea el aborto, como un conquista por encima de cualquier otra consideración. En ese sentido, allá cada cual o cada cuala.
Sin embargo, y aunque sea personalmente, lo que haría seria iniciar una campaña a tiempo completo para dirigirme a los que se confiesan católicos y convencerles, porque a lo mejor lo necesitan, de que por una vez seamos coherentes con nuestros principios morales y religiosos, y afirmemos de corazón, que nunca se cederá a la propaganda fácil, y seguiremos el magisterio de la Iglesia de Roma. Es decir, rechazaría el aborto. Iría a la sociedad católica, obispos, sacerdotes, cofrades, hermandades, movimientos católicos, seminaristas, catecumenos y todos los que dicen ser católicos y crearía cultura de vida, promover educación e información antiabortista, o sea, dejar las discusiones y anatemas contra los otros, los que piensan que matar a un embrión humano, ¿qué otra cosa iba a ser, Aido? es algo positivo., y promover una conciencia de rechazo personal, humano, social, contra esa trampa del aborto libre. Hablando claro, habría que convencer a los nuestros, ¡qué paradoja¡ de la inmoralidad que supone acabar con una vida por indefensa que sea, y hacer que esa opción les duela en su corazón, si no en su alma, si creen.
Por lo tanto, insisto, no entremos en esa trampa de aborto si, aborto no. Dejemos a los otros que digan lo que quieran, seamos libres de verdad, pero sin descalificaciones ni insultos; que seamos los católicos los que con su fuerza ética, sus principios morales, sus argumentos naturales y científicos, demos la única batalla posible en libertad y democracia, con respeto, nuestro ejemplo de cristianos si lo somos. Todos nos deberíamos de dedicarnos a enseñar a la mujer que el aborto es muerte y nosotros, tenemos una cultura de vida. Tenemos una convicción, pues gritémosla con valentía y decisión.

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