No puedo acudir a tu decencia, ni a tu honor, ni a tu dignidad, para pedirte que en nombre de cualquiera de estos valores o de los tres juntos, dejes la Moncloa,  la Presidencia del Gobierno, aunque sea por la puerta de atrás; porque los desconoces, porque careces de ellos. Ni tienes decencia, ni tienes honor, y, claro, si de estos dos estás falto, de la dignidad que es su compañera inseparable estás horro. Deja la política de altura, dedícate a la de bajura, a la de baja estofa y estafa. No has nacido para hombre de estado; tu cuna política fue un asiento de culiparlante en el Parlamento; solo el “fatum”, la fatalidad unida a la tragedia te elevó, como el magma de un volcán en erupción, a alturas de las que caerás como un globo deshinchado, como un pelele subido a la cumbre de la montaña contra su voluntad.  Pero ¿tendrá voluntad un pelele, que no se confunda con la ambición? Y ¿adónde puede llevar la voluntad desorbitada por la ambición de un pelele? A la ruina. A la suya, seguro; a la de España, si le aguantamos un día más. Está vaticinado; sobre todo su trágica caída. Volveremos sobre el asunto dentro de poco.

Un mentiroso de oficio no merece ningún respeto. Así que no me pidan que se lo tenga a este personaje que no se lo tiene a sí mismo.

Mejor que tú lo haría un zapatero de oficio, de los que yo he conocido y más de uno amigo, aunque sólo fuera para dimitir con decencia ante sus errores. Te vuelvo a recordar que tus errores empezaron con horrores. En el olvido, en la ocultación y en la tergiversación de éstos, de los horrores, empezó el crepúsculo de tu amanecer.

Zapatero, marrullero, tu astucia es la propia del mentecato, del tipo falto de juicio, de individuo de flaco entendimiento que miente todos los días para poder sobrevivir al siguiente. Es una estrategia de patas cortas que no sirve nunca, a ti tampoco, cuando hay que saltar con arrojo sobre un abismo como es el de esta crisis. Estás a punto de caer y perderte en el infierno del olvido. Empezaste mintiendo tres días antes de las elecciones cuando propalabas lo de los terroristas suicidas por periódicos y radios. Has mentido sobre tus conversaciones secretas con terroristas. Has vuelto a mentir prometiendo paraísos de prosperidad. Has ofendido a la verdad cuando el pueblo mochales no veía esa crisis y a ti te estallaba en tu propio palacio. Mientes cuando no eres más que un monaguillo del G-20 y simulas ante la masa ignorante que eres uno de ellos. Quizá cuando regreses de esa reunión hayan creado para ti el puesto de lacayo de honor, el geveintiuno de los friegaplatos.

He llamado mochales al pueblo, al menos a esa parte del pueblo español que te ha votado por dos veces, porque no habiendo perdido el juicio no es posible meter una sola papeleta en las urnas con tu nombre. Tienes tan poca talla ética, intelectual y política que ni tu telón de mentiras puede ocultarlo. Tu sonrisa de muñequería es tan artificial que siempre acaba en carantoña.

Pero ¿es posible que no te conocieran al segundo día de presentarte? Como ves, te doy el margen de un día. Justo el primero en que te hiciste visible en público. Empiezas a actuar y tus manos, al moverse en el discurso, se ve claramente que no se coordinan con el pensamiento. Tus ojos se abren como platos a la caza de un pensamiento de fuera porque tu mente no contiene ninguno. Mientras, destellas la sonrisa intermitente y de flash, como mandan los cánones del asesor de imagen, para que la masa simple y arrebolada simplifique, al unísono contigo y tu vacío, con esta profunda reflexión: “Qué simpatía tiene el tío”. Este es todo tu bagaje. Pues ¡anda que el equipo! Dime a quién nombras y te diré quién eres.

Zetapé, lárgate.

Por tu bien, por el bien de España, que no es un concepto discutido y discutible, como no lo son el de Francia, ni el de Alemania, ni el de Inglaterra,…y como tú por contra afirmaste en pleno ejercicio de Presidente del Gobierno de esta nación. ¿Cómo llamar a esto de ser Presidente del Gobierno de una patria en la que no crees? ¿Inconsistencia?, ¿inconsciencia?, ¿cinismo?, ¿traición?, ¿ignorancia?, ¿insensatez?, ¿imbecilidad?, ¿ambición sin sentido?, ¿alocada estrategia electoralista?, ¿mediocridad sin límites?, o la ¿engañosa suerte de un tuerto en tierra de ese tipo de ciegos de los que se dice que no los hay más que los que no quieren ver?

Le voy a conceder a este individuo una condición positiva, la de listo, aunque le cuadra más la de listillo, por ser experto mantenedor de pesebres. Quince años se tiró de culiparlante en la sede de la soberanía nacional, sin decir ni chus ni mus. Allí y durante ese tiempo aprendió tan relumbrante oficio desde el que ascendió al hoy tan alto e inmerecido puesto y al que sólo ha llegado, según la Historia,  algún caballerizo con suerte y entre telas reales. Zetapé, recuerda a Godoy, hace ahora dos siglos de esto; pero recuérdalo con su triste final: destierro y muerte en tierra extraña.

Y es que la traición y otras maldades tienen esas recompensas.