La verdad es que he puesto el título sin saber la relación que voy a encontrar entre tales palabras a lo largo de este artículo. Como una liebre que salta de la cama y no sabes qué dirección va a tomar. No obstante, ya se encargarán los galgos de darle tralla.

Me venían bullendo en la mente conceptos, cosas, banqueros, créditos, beneficios, especulación, latrocinio, crisis en dosis para caballo, usura, tiburones, políticos de apaños y en paños, menores claro; pueblo bobo, hipotecas basura, basura en hipotecas, piratas, botines…Ya es ironía que un banquero se apellide Botín.

Así que, de este batiburrilo mental del que estoy dispuesto a escribir, de repente me asalta la mente el título que pone cabeza a este trabajo; sin que tenga muy claro la urdimbre que pueda entretejer con esos conceptos para darle coherencia y sentido al mismo. Pero ya está puesto el titular y no me voy a retranquear ni volver atrás. Estoy seguro que además de la consonante música vocal que dejan en el oído las tres palabras juntas, timbal, timba y tumba, también formarán coro a mi favor para que aquel buturrillo mental de vocablos tenga feliz y claro entendimiento para mí y, fundamentalmente, para mis lectores electrónicos.

Hace setenta y tantos años que José Antonio Primo de Rivera habló de los tiburones de la banca. Creo que fue en un discurso, en Santander precisamente, allá por los primeros días de 1936. Creo también que esta denuncia colaboró en su cuota parte a que no se evitara tan injusto fusilamiento en un paredón de aquella cárcel de Alicante y en aquella fría mañana del 20 de noviembre. Tiburones, ¡vaya!, también empieza con la letra t. La palabra podría sumarse al coro del título. No sé en qué orden. A ver: “Tiburones y Timbales; la Timba y la Tumba”. Tampoco quedaría mal. Busquen mis lectores otras combinaciones, que las habrá, y quizá con mayor musicalidad aunque no con más sarcástica intención. Iba a decir aviesa; pero yo nunca he sido avieso, aunque sí muy travieso.

Los timbales los ha puesto el Gobierno; la timba los políticos y banqueros; la tumba, un pueblo medio tontico que paga además el entierro y la ceremonia funeraria sin rechistar. Como ven ya encontré la relación. Lo intuía. Timbales, timba y tumba. ¡Ah!, y en los fondos abisales, los tiburones con la bocaza abierta, llena de dientes, y esperando la carnaza.

El Gobierno que, como ese pájaro de la Pampa del que cuentan pone los huevos en un sitio y pía en otro, le dice al banquero. “Te entrego los huevos. Para ti”. Y al pueblo: “Oye, pueblo, escucha, el banquero me ha robado los huevos”. No dice arrancado, por evitar la procacidad.

Y es que la masa ignara ignora la timba que han montado entre el político y el banquero en el garito de la Moncloa, mientras los alabarderos tocan los timbales en la zarzuela. Y con música tan popular asistimos todos al entierro de la sardina en puro esqueleto, pelado por el hambre de este pueblo sardanápalo y bobalicón. Qué que significa Sardanápalo. Me sonaba bien como adjetivo para el momento y lo he rebajado en su categoría de nombre propio de aquel rey asirio a la de calificativo negativo. Algo así como del que se dice que le falta lo que tiene que tener. Que me perdone la Academia de la Lengua; que se lo piense no obstante como una entrada más en el diccionario porque parece que no suena mal y tiene su sentido. Invito a leer la historia o leyenda de aquel rey del que se dice que, viéndose sitiado por otro sátrapa, preparó una hoguera gigantesca a la que se arrojó con su harén y todos los tesoros.

Toca timbal; toma timba y tumba retumba.

¡Hasta luego!