JOSÉ ANTONIO... ¿FASCISMO U ORTEGUIANISMO? (DEL BLOG "FILOSOFÍA E HISTORIA").
¿Fue José Antonio Primo de Rivera fascista, orteguiano u ambas cosas a la vez? El influjo del pensamiento de José Ortega y Gasset en el pensamiento joseantoniano es bien conocido, como también son bien conocidas las defensas que hizo José Antonio del fascismo. ¿Qué pensamiento tuvo más peso en la formación del pensamiento joseantoniano?
Suele afirmarse que el pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera es una copia del pensamiento de Mussolini y, por ende, del fascismo. Su exaltación de la Patria, su reivindicación de un mando supremo que ponga orden y sus alocuciones imperiales son el punto de mira de aquéllos que tachan a José Antonio de fascista y lo relegan a un puesto de deshonor en la historia española. Sin embargo, un estudio más o menos profunda del pensamiento de José Antonio nos muestra que su gran influencia política no fue el fascismo, sino el filósofo José Ortega y Gasset, fuente originaria de la cual emana la esencia del pensamiento joseantoniano.
José Antonio forjó su pensamiento político bajo un prisma totalmente orteguiano, y su defensa ciscunstancial del fascismo (que más tarde, aunque no se diga, lo criticó) debe entenderse desde la visión que José Antonio tenía del fascismo (alejada de la realidad italiana), la cual se amoldaba a sus concepciones orteguianas de la política nacional. Pero no debe olvidarse que, a partir del año 1935, las críticas al fascismo y al Estado corporativo empezaron a hacer acto de presencia, hasta el punto de calificar el fascismo como “fundamentalmente falso” (sic).
Una de las constantes en los textos políticos de José Antonio es la reivindicación de un mando supremo que vigile y, en caso necesario, intervenga en y rija los destinos de la Patria. Esto proviene del pensamiento de Ortega y Gasset, el cual afirma en “La rebelión de las masas” que es necesario un mando que guíe la vida de los pueblos, puesto que la esencia misma de la vida del hombre es un puro hacer, el cual debe ser orientado desde instancias superiores. Esta necesidad de un mando, tanto en el pensamiento joseantoniano como en el orteguiano, no se refiere a la práctica fascista de que el pueblo debe “creer y obedecer” sin más, sino que se refiere a que el gobernante, que debe ser alguien necesariamente inteligente, justo y bueno (algo así como el rey filósofo de Platón), hace un acto de servicio al pueblo mandándole, pues le manda aquello que le será útil y beneficioso. Así, el pueblo, al obedecer a tal soberano, está dándose a sí mismo un beneficio, y es entonces cuando puede ser auténtico soberano, porque es entonces cuando es auténticamente libre: desempeñando actos beneficiosos para él, llevando una vida productiva y feliz ante la vida que Ortega anunció en la primera parte de la Rebelión de las masas: la vida insubstancial, petulante y descarriada del mediocre hombre-masa. Así, el soberano, cuyos mandamientos son la más alta expresión del servicio a su pueblo, es el ciudadano más servil. Esto, recordemos, se da tanto en el pensamiento joseantoniano como en el orteguiano, y está muy lejos de constituir una teoría de la tiranía y despotismo fascista.
Ahora bien, hemos dicho ya que la vida humana es un puro hacer. Este hacer, en tanto que humano, es social. Y en este puro hacer sostendrán tanto José Antonio como Ortega su reivindicación de la unidad de España. Porque la unidad de España, tal vez la más grande obsesión de José Antonio, era muy distinta de la obsesión de militares, derechistas y monárquicos. José Antonio no quería una unidad de España basada en el centralismo ni en la preeminencia de la cultura castellana. Tampoco era un fervor chovinista. La idea de España y su defensa de la unidad provenían también de la filosofía político de Ortega y Gasset, y ambos la sostenían en base a la reivindicación de una empresa común. Eso que decía José Antonio y que a veces no se ha entendido (o no se ha querido entender), que España es una unidad de destino en lo universal, se encuentra en toda la obra de Ortega y Gasset. Para ellos, la unidad de España debe construirse y sostenerse bajo el cobijo de una empresa común que una a todos los españoles. Ortega reivindicó esto para el hombre; decía que el hombre necesita una empresa y un mando que le garantize la participación en ésta. Y tanto Ortega como José Antonio extrapolaron esta necesidad del individuo a la nación. Dijo Ortega que una nación corre peligro de romperse cuando no tiene une empresa que ataña a todos los ciudadanos. El soberano de España debe aglutinar a todos los pueblos de España bajo su mando y hacer que todos ellos participen de una empresa común, en la que todos estén interesados y de la que todos obtengan beneficio. Debe haber un destino, un objetivo común de todos y para todos. Así pues, la unidad de España no es una unidad “porque es lo que debe ser”, sino que esta unidad es la condición de posibilidad de que España y, por lo tanto, los españoles podrán alcanzar la felicidad, porque estarán unidos y serán solidarios entre sí. España, pues, no es un territorio concreto, ni se caracteriza por tener una lengua ni una cultura propias, sino por ser un conjunto de pueblos unidos por intereses y aspiraciones comunes. Y revitalizar esa unidad de destino en lo universal era el objetivo político tanto de José Antonio como de Ortega. Esta es la verdadera esencia de la unidad de España para Ortega y José Antonio,sin duda muy alejada del chovinismo rancio de la derecha y del centralismo autoritario del fascismo.
Cabe también señalar que esta participación del individuo en el Estado está en los 27 puntos doctrinales de Falange Española de las JONS, concibiendo el Estado totalitario no como instrumento de control del Estado sobre los individuos, sino como instrumento al servicio de los individuos y, a la vez, instrumento de los individuos para participar de las tareas políticas nacionales. Hay que ir con mucha cuidado a la hora de interpretar el concepto “totalitarismo” a principios de los años 30, pues tenía distintos significados y no tenía las connotaciones inhumanas que tiene actualmente.
En “La redención de las provincias”, Ortega aboga por una estructuración provincial de España sustentada por un nacionalismo común a todas (es decir, por la unión en una empresa común bajo la bandera española). No hay que buscar mucho para encontrar esta misma concepción en los textos joseantonianos. No pocas son las defensas a las culturas regionales y el ataque a cuantos injuriaban Cataluña y Euskadi.
Otro de los conceptos que le han valido a José Antonio el calificativo de fascista: el Imperio. Nuevamente, su idea de Imperio no proviene del fascismo, sino de la filosofía política de José Ortega y Gasset. Dice éste del Imperio, poniendo a Julio César como ejemplo: “Quiere un imperio romano que no viva de Roma, sino de la periferia de las provincias(...). Un Estado donde los pueblos más diversos colaboren, de que todos se sientan solidarios. No un centro que manda y una periferia que obedece, sino un gigantesco cuerpo social, donde cada elemento sea a la vez sujeto pasivo y activo del Estado.” (La Rebelión de las masas). Claro está que esta definición del Imperio coincide en la definición que daban José Antonio y Ortega de España. Es por esto, y no por otra cosa, que José Antonio atribuía vocación imperial a España. Era deseo de unión, cooperación y solidaridad, y no de conquista egoísta ni de afán ampliar fronteras y acumular poder, a la manera del fascismo y el nacionalsocialismo. Dice también Ortega: “La capacidad de fusión es ilimitada. No sólo de un pueblo con otro, sino lo que es más característico aún del Estado nacional: la fusión de todas las clases sociales dentro de cada cuerpo político.” Hay que fijarse bien en que dice “fusión de todas las clases sociales”. El fascismo reivindicaba una cooperación, y Ortega una fusión. José Antonio defendía la idea de cooperación, tomada sin duda del fascismo, pero el influjo orteguiano, que era anterior y más fuerte, tuvo más preeminencia. José Antonio, en efecto, abogava por la cooperación entre clases sociales. Pero, a diferencia del fascismo (el cual se quedaba en una simple cooperación), abogó también por la fusión. No empleó esta palabra, pero si penetramos en el edificio ideológico del nacionalsindicalismo, nos percatamos de que reivindica para el trabajador el acceso a los beneficios de la empresa en la cual trabaja. El mismo José Antonio dijo que había que asignar la plusvalía al productor mismo encuadrado en sus sindicatos. Así, en el nacionalsindicalismo, el trabajador ya no está alienado del producto de su trabajo, pues se le retribuye el valor que ha creado en forma de dinero. Cada cual (obrero y empresario), reciben el valor que han producido mediante el trabajo manual, intelectual o directivo. El caso es que el empresario, en el nacionalsindicalismo, no se apropia del valor producido por el obrero, pues dicho valor vuelve al obrero. Aparte de esto, José Antonio siempre abogó por cuantos sacrificios sean necesarios de los más ricos a favor de los más pobres. José Antonio quería suprimir las diferencias entre clases sociales y, por lo tanto, también los privilegios de clase, y esto es lo que le distingue del fascismo en materia socio-económica y lo acerca al socialismo.
Éstos son, a grandes rasgos, los puntos de coincidencia del pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera con la filosofía política de Ortega y Gasset. Son precisamente los puntos clave del pensamiento joseantoniano, con lo cual es bien claro que su influencia principal no fue el fascismo, sino el orteguianismo, y que sus defensas del fascismo deben entenderse desde el hecho que él creía que había puntos en común entre el fascismo y sus ideas orteguianas. El hecho de que la influencia de Ortega sea la principal y de que terminara por renegar del fascismo porque éste no coincidía con el orteguianismo (como creyó en un principio) nos lleva a la respuesta de la pregunta inicial: ¿Fue José Antonio fascista, orteguiano u ambas cosas a la vez? Sin duda, orteguiano.
