Sí, es el momento. El momento de que el Estado español recupere las facultades, los poderes que le son propios como tal y que, durante estos treinta y tantos años de burlada y atropellada democracia, los Gobiernos han partido y repartido a manos llenas entre los cofrades autonómicos. Todo, y en la mayoría de los casos, para hacerse con el poder o detentarlo como individuo o como partido. El momento presente es paradigmático. La entrega de facultades soberanas que son propias, y en esencia intransferibles, de la Nación y su Estado, si es que éstos quieren mantener su entidad como tales, se ha hecho con el mismo dispendio y liberalidad que los de aquellos reyes que pasaron a la Historia con el nombre de los de las mercedes; que fueron varios aunque sólo uno, Enrique, transcendiera a la misma con tal sobrenombre.
“Todo por un puñado medido de votos que sostenga mi ambición y la cebadera de mis correligionarios”. Naturalmente el tipo que así especula es un político; pero no un hombre de Estado, calificación la más alta que sólo llegan a obtener quienes llevan la política en el alma como un arte y en la mente como una ciencia. No es el caso del actual jefecillo de este gobierno, Zapatero, que se encumbró a tan alta magistratura, para su propia sorpresa, gracias a una oscura y no aclarada masacre de inocentes, y se mantiene por un derroche de privilegios a costa de la soberanía y decencia nacional. Rodríguez Zapatero es a un hombre de Estado lo que un saltimbanqui a un astronauta. Es el político más mentiroso que ha podido parir una democracia. La verdad para este individuo es el cuadrado de la mentira.
Pero no eximamos de responsabilidad en esta trama a una parte del pueblo español -cada pueblo tiene los gobernantes que se merece y busca- que sostiene y sigue votando a un individuo tan mezquino, tan mendaz y tan amoral. ¿Ignorancia?, ¿analfabetismo funcional? Pues sí, en grandes dosis. ¿Egoísmo?, ¿insolidaridad?, ¿utilitarismo?; en grandes dosis y cantidades por parte de aquellos que tienen ligados y afectados sus bienes, ingresos y puestos a los resultados de las urnas. Es decir, aquellos ciudadanos a los que la deriva y futuro de su patria, su nación, España, les un importa un bledo con tal de tener un trozo de pesebre, concedido y no ganado con el sudor de su frente. Mas, esos tales, ¿se han preguntado alguna vez como se podrá mantener ese pesebre en el futuro sobre una nación que se deshace?
Decíamos que era el momento de que el Estado Español recupere la autoridad, la potestad y la potencia que le es propia como tal, reasumiendo las facultades inalienables que le definen y que el despilfarro insensato o interesado de muchos políticos, algunos a pesar de su buena y alabada imagen, llevaron a cabo desde los primeros tiempos de esta democracia. Algún día la Historia, con más paciencia, pondrá en su sitio a aquellos poquitos a los que tantas loas se les hace todavía hoy por aquella Transición llamada y pretendidamente ejemplar. Para entonces se verá, y empieza a vislumbrarse ya, cuánto tenían aquellos tales de políticos al uso o cuánto de hombres de Estado. De este último título, por la deriva que está tomando España, ninguno de ellos, ni siquiera uno, lo puede ostentar. El auténtico hombre de Estado traza el futuro con los datos del presente. Una prueba. Aquellas nacionalidades recogidas en la Constitución eran el caballo de Troya al que el presente, entonces el futuro, ha rajado el vientre para dar salida a los taimados separatistas, rompedores de España. ¿No lo previeron? Es que no eran hombres de Estado. Ninguno. Eran hierofantes del pasteleo.
Hablábamos del momento, ¿por qué este momento? La clave puede estar en esta universal, desorientadora, profunda y aleccionadora crisis económica. De las recetas, de las soluciones que se proponen para superarla, muchas a palos de ciego, hay una que se eleva a categoría de premisa irrenunciable y que se impone a las propias fórmulas económicas. No habrá economista que pueda rebatir los beneficios que para una economía, sea a escala, nacional o mundial, tiene la unidad de las entidades, desde la familia al municipio, desde la nación a la comunidad de naciones…Por eso, en el caso de España, es tan temible, insensata y peligrosa la actuación de un jefe de gobierno que en vez de hacer una política de cohesión, de unidad nacional, de autoridad y potestad del Estado en momentos de enorme debilidad económica, sigue manejando una política de dispersión, de fragmentación económica, con cada uno de los presidentes de las diecisiete autonomías. Y todo ello por el cálculo de votos que puede sumar en cada una de las mismas para mantener el poder. ¡Españoles!, estamos ante un tipo cuyo egoísmo, vanidad, soberbia y ambición supera su circunfleja bobería. Que ya es decir. Esto es la ruina.
Una nación se sostiene sobre los cimientos que representan la Constitución, sus leyes, sus tribunales, su hacienda nacional, su Parlamento, sus Fuerzas Armadas, su Historia común, su cultura, más rica cuanto más plural; una nación se afirma sobre sus lenguas autonómicas, precedidas y unidas por la común y más universal…todo ello en el escenario de una democracia decente y no mercadeada…
Después de esta negativa experiencia histórica, quizá fuera el momento de suprimir esas degeneradas autonomías, sobre todo en su partes y contenidos enfermizamente politizados, y dejarlas como entes administrativos delegados que acerquen al ciudadano la más lejana gobernabilidad del Estado Central. Lo que siempre debió ser. El escamoteo del Estado de las Autonomías por un Estado Confederal, como se pretende y empieza a cuajar, nos puede llevar a un desastre. Y de las identidades y personalidad propias de las tierras e individuos que componen esta plural España, podemos llegar a la identidad diferencial de la berza en cada una de las comarcas que las componen. Todo un hito para la Historia, la especie de berza como signo de identidad de cada uno.
O el Estado Español recupera para su patria, su nación, esas facultades, por esencia intransferibles e innegociables, que representan sus poderes o volveremos a una edad media con diecisiete reyezuelos de taifas con sus cortes a bordo de coches tuneados. Mientras, a España la van llevando camino del cementerio en denegrida carroza, tirada por esqueléticos caballos brunos.

no sé el motivo de meter esto aquí, supongo que no será porque lo secundáis, pues lo he ojeado, y he visto un párrafo por ejemplo, que no me ha gustado:
Una nación se sostiene sobre los cimientos que representan la Constitución, sus leyes, sus tribunales, su hacienda nacional, su Parlamento, sus Fuerzas Armadas, su Historia común, su cultura, más rica cuanto más plural; una nación se afirma sobre sus lenguas autonómicas, precedidas y unidas por la común y más universal…todo ello en el escenario de una democracia decente y no mercadeada…
si una nación se sostiene en lo que dice unos papeles y no en la unidad espiritual que representa (o debe representar) estamos en lo que tenemos hoy.
RUY:
Se mete aquí porque es una OPINIÓN de alguien que ha tenido un peso específico en el falangismo. No creo que haya más que decir. Sobre esta opinión, tú puedes OPINAR. Esa es la clave del juego... y tampoco hay mucho más que decir...