Todos los grandes analistas económicos parecen tener claro de dónde venimos, divagan y discuten el porqué del dónde estamos y no parecen atisbar a predecir a dónde vamos. Escucharles es entrar en un laberinto en el que nos perdemos al intentar asimilar el qué va a pasar con esas 80.000 familias que no pueden hacer frente a la hipoteca de su vivienda temiendo porque, de momento, solamente sean un 10 % de las 800.000 que se encuentran con todos sus miembros en el desempleo. Historias de espionaje dignas del entrañable Anacleto de Vázquez o “shows” televisivos donde se contesta banalmente a preguntas pre establecidas no ayudan a la calma en un país sumido en la mayor crisis de los últimos ochenta años.
Y el caso es que el diagnóstico no parece tan difícil de deducir. Un país saturado de inmigrantes que han venido a intentar perpetuar la Seguridad Social al modo que Baldomera Larra diseñó el gran timo de la Beneficencia con ese sistema piramidal aplicado por Afinsa, Fórum o Gescartera; una Nación dividida en diecisiete taifas con el correspondiente aumento de funcionarios que alcanzan, entre Ayuntamientos, Diputaciones, Autonomías y lo que queda del Estado, más del 50 % de la población activa real y una sociedad en la que la Banca, con el estilo voraz que le caracteriza, o las Cajas, impregnadas con ese olor a chorizo tan inherente a todo lo que, en los últimas décadas, define las labores que realizan los políticos, han cortado el grifo a las familias y a las PYMES debido a la creciente morosidad y a lo nefasto de sus inversiones.
España ha perdido competitividad y una solución sería el abandono del euro y el regreso a la peseta. Poder devaluar la moneda y emitir la cantidad de dinero que necesitemos y no la que Alemania requiera sería una solución a un plazo no muy largo. Recuperar el turismo como fuente de ingresos no sería difícil volviendo a los tiempos en que un marco valía 30 pesetas, un franco 22 o un dólar 150. Recuperar la industria y aumentar las exportaciones pudiendo competir, con la inevitable reducción de salarios, previsible se tomen las medidas que se tomen, con los países dónde la deslocalización se ha llevado nuestras empresas al objeto de levantar la situación es la única solución para crear puestos de trabajo productivos. El problema: no les gusta a los políticos.
Invertir el mensaje político correcto sobre la necesidad del fenómeno de la inmigración como necesario para el crecimiento cuando, como se ha visto, el efecto llamada no ha hecho sino crear un desequilibrio entre la oferta y la demanda de empleo que ha traído los lodos en los que nos comenzamos a mover. Si no hay trabajo los inmigrantes deben volver a sus lugares de origen del mismo modo que volvieron la mayoría de los españoles que emigraron en los años 60 del pasado siglo una vez que las economías alemana o francesa se recuperaron de la destrucción sufrida tras la II Guerra Mundial. El problema: no les gusta a los políticos.
Disolver las diecisiete autonomías y eliminar esa pesada e inútil burocracia que genera centenares de miles de empleos con cargo al erario público. El empleo público debe ser el estrictamente necesario para el funcionamiento de la Administración y no convertirse en una carga pesada que coarte la generación de riqueza. Un país con 7,000.000 de pensionistas, 4,000.000 de parados y un 50 % de funcionarios no puede resistir económicamente y eso lo saben nuestros dirigentes. El problema: no les gusta a los políticos.
Hablar de nacionalizar la Banca nos echa a temblar visto como se las han gastado en la gestión de las Cajas pero, de momento, es algo que han podido hacer en la mayoría de los países de lo que conocemos por “nuestro entorno” sin que les tiemble el pulso. Parece evidente que tampoco les gusta a los políticos. Y es que estas tres soluciones que, a bote pronto, surgen tras leer las noticias de economía, más en la prensa especializada internacional que en la autóctona, parecen causar repelús en quienes no están interesados más que en mantener su poltrona o en el “quítate tú que me pongo yo”. Claro que si no les gustan a los políticos no importa demasiado. ¿A quién le gustan los políticos?.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados