El texto que sigue, es un llamado posiblemente inútil, una invocación, un pedido, que proviene de un deber antiguo, de antiguos hombres. Quizá es ridículo hacerlo en este lugar y de este modo, pero antes de perder las esperanzas, el náufrago arroja al mar una botella, y desde lo alto del muro, el último guerrero, levanta su estandarte al horizonte.
Hay sin embargo, una posibilidad de que llegue el envío, o que en la lejanía, haya un puñado de hombres, que acuda en defensa del centinela.
En el lejano Sur de un mundo en ruinas, la devastación suele volverse extraña. La gente que se amontona en las ciudades, es como cualquier otra gente de la llamada humanidad, porque el sentido del mundo ha igualado a las masas. Consumen, gritan, se prostituyen, se convierten en un peligroso amasijo de carne, que el sistema reproduce al infinito.
Pero a poco alejarnos de las grandes urbes, las extensiones huyen de la modernidad, la tecnología pierde algo de su poder, y el hombre se reintegra, en alguna medida, a su antigua estatura humana. Podría decirse, que hasta intuye algunos misterios sobrehumanos.
Por eso en alguna medida, siempre hay una dicotomía, una identidad fantasmal que nos persigue. Es la mutación del hombre europeo en el exilio, en su lento declive hacia los últimos rayos de sol, que lo alumbran en su caída.
Como es lógico, son muy pocos los que comprenden esa extraña identidad crepuscular.
Esos pocos, juntos, podrían constituir una elite; separados, son solamente la confirmación de la anarquía.
Hemos perdido el valor de la personalidad, nos hemos hundido en la solitaria angustia del aislamiento. Estamos alejados de nosotros mismos, en silencio, en una incomunicación que no se soluciona con máquinas, ni con mensajes impersonales.
Dejemos atrás las ruinas de las grandes ciudades, recuperemos el origen del exilio, el vasto territorio que nos pertenece, el que todavía conserva la inmensa personalidad de los conquistadores, esos hidalgos del espíritu, de la acción, de los grandes espacios, que después de conducir pueblos y legiones, se arraigaban al Sur, para cultivar jazmines sobre el acero dormido, y alimentar así un nuevo despertar.
Reflotemos las proas del sol negro sobre el río, las caminatas sin fin forjadoras de dominio. Volvamos a ser un puñado de hombres decididos, fuera de las ruinas, transmitiendo el silencio mítico que hemos recibido.
¿O es que sólo nos resta la oscura muerte del esclavo? ¿O es ya no queda sangre, ni voluntad entre nosotros?

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