"EL HOMBRE HUECO" (COLUMNA DE PEDRO CONDE EN "MINUTO DIGITAL").
El hombre que ahueca la voz suele tener huecas sus ideas. Cuando de éstas se tiene un mísero bagaje, el constante recurso a palabras de valor y sonoridad universal es la manera de tapiar el visible, escandaloso y estentóreo vacío de la mente. Paz, justicia, igualdad, solidaridad, democracia, capitalismo, socialismo, reaccionario, progresista, izquierdas, derechas…El individuo mentecato, de mente corta, el hombre hueco, levanta una pared con esas palabras-ladrillo para ocultar y separar el vacio de su mente invisible de su banal imagen a la vista.
Éste es el hombre hueco al que le define un calificativo muy antiguo, de raíz clásica y griega, el demagogo; tipo sectario, embaucador de la plebe, aunque sí perfecto conocedor de su incultura e ignorancia; sin otro objetivo en política que el triunfo de su facción y por encima de ésta el del suyo propio. Entre la verdad y la mentira no se para en barras para atropellar aquélla cuando ésta, la mentira, es el medio que le lleva al éxito.
El hombre hueco es como una enorme tinaja vacía en la que metes la mano y lo más que puedes sacar es un puñal, una careta y un panfleto que pone pazzzzzzz, con una inflación de zetas que no hay economía que lo aguante; si metes la cabeza y haces la prueba del eco con la palabra verdad, éste te devolverá la última sílaba, daaaazzzz, perdiéndose en el hondón de la tinaja.
Para el hombre hueco, su oquedad es una pesadilla, aunque hay algunos insensatos que ignoran esa su enorme cavidad porque todo lo llena su estirado y estragado ego.
El hombre hueco se siente timpanizado con la mediocridad de los que lo eligen y rodean, como si hubiera comido él solo un cocido maragato para cinco. Es el prototipo de las masas, encaramado por éstas y subido a una tribuna babea hasta bañarse. Este individuo se rodea de otros hombres huecos que le hacen la ola y ésta, como toda ola, muere en la arena sin dejar huellas.
El hombre hueco, cuando discursea, mueve las manos en un vacío que no domina, por eso se le desparraman en gestos ridículos y discordantes; es que no tiene un pensamiento o una idea con los que armonizarlas. El tipo se parece a esos muñecos hinchables y estilizados que se ven ahora en espacios libres con la movilidad a la que le obliga el imperio del viento. El hombre hueco es pariente cercano del espantapájaros. Tal individuo desconoce el sentido profundo de muchas palabras y cuando las emplea, quedan como un chirlo en la cara del idioma.
El hombre hueco no tiene principios aunque sí fines. Para este quídam todo, hasta la madre que le parió y la cuna que lo acogió, es discutido y discutible. Este tipo pretende ajustar cuentas con el pasado como si éste le perteneciera en exclusiva. Ignora que el pasado es de todos; que todos y cada uno somos deudores y acreedores del mismo; no quiere saber que el pasado está muerto, que el presente es la víspera del futuro, que morirá mañana y todos con él.
Para el hombre hueco, la conciencia es una víscera más que en él se sitúa cerca del colon, ese intestino grueso que está entre el ciego y el recto. Es una conciencia que no rige, sólo evacúa; por eso la porta en tan exotérico lugar.
El hombre hueco rebota en su propio vacío y, por ello, no suele encontrar una silla donde sentarse, ni colega que se la preste y si lo hace es bajo tributo. La propia silla en su dignidad no le permite aposentar un culo que parece una cara o al revés.
De un hombre hueco, lo más visible es la sonrisa en permanente huecograbado. Su dios es el espejo, como el de la princesa del cuento. Su contradiós, un espejo cóncavo o convexo cuyas deformadas imágenes le asustan por si realmente fueran su verdadera imagen.
Un hombre hueco imposta la voz pero no canta; ya lo hace su mujer por él. Lo que más ama, incluso más que a ésta su legítima, es el eco que le devuelve su ego con voz de baritonto.
¡Ay! El hombre hueco, a veces contiene tal cantidad de bobez que hasta su propio molde revienta por las costuras. De eso ego, su única y real posesión, solamente se puede esperar lo peor, hasta que tal abismo se llene de encanallamiento y traición. Entonces se parece a un cavernícola con corbata. Al hombre hueco no le importa que su enorme agujero lo ocupen cientos de cadáveres masacrados, sin interesarle por quién ni por qué. La mentira es otro contenido de su desmesurada hornacina.
En fin, que un hombre hueco no tiene nada que ver con un auténtico líder, un gobernante firme, un estadista, un político con sentido y conocimiento de la política nacional e internacional; un político que se la juega por su nación aunque el pueblo no lo entienda. Un hombre hueco no debe tener sitio más que en el vacío y menos en tiempos turbulentos que exigen hombres plenos, enterizos, valientes, sin concesiones a la galería de la plebe, de mente clara y conciencia limpia. Estamos a punto de comprobar para que sirve ese tipo de políticos, los hombres huecos, criados entre la filfa de la fofa demagogia.
Lo peor que le puede acontecer a una nación es que un hombre hueco llegue a la Presidencia del Gobierno. Menos mal que esto no es posible en España. El sabio pueblo que habla, habla pueblo habla, nunca se dejó engañar en las urnas. ¿O sí?
