LA CABALLERÍA EN LA GUERRA DE SECESIÓN (JORDI BERNAL).

Es sabido que John Ford era un apasionado de la historia, y más en concreto sobre la Guerra de Secesión. Una de sus grandes películas, «Misión de audaces», se interna en ese conflictivo territorio, que tanto marcó al pueblo norteamericano, y que contiene algunas de las más dramáticas escenas de su cine.

La Guerra Civil estadounidense ha servido de telón de fondo a un buen número de westerns. Hito ineludible del nacimiento de una nación (no sólo en el monumental film de Griffith), representa, junto a la Guerra de Independencia y la colonización, los momentos más arduos de la forja colectiva de un país. En cuestiones de nacionalismo, los Estados Unidos están francamente avezados. Sin embargo, al propósito cinematográfico, interesa sobre todo observar la inclusión de los hechos históricos en la narración ficticia. Esto es, el marco de la guerra va más allá del pretexto contextual para erigirse como elemento clave en la conducta de los personajes. El análisis moral, la descripción de unos caracteres inmersos en situaciones límite agudizan el dramatismo y revelan los reversos extremos de la conducta humana. Cabe hacer explícita la condición de fraticida de toda contienda civil. Su tragedia en términos familiares, consanguíneos. Ford era un apasionado de la Historia, y especialmente de la Guerra de Secesión. Lo había leído todo sobre ese periodo de Estados Unidos y conocía bien las biografías de sus protagonistas más destacados, así como de las batallas más decisivas. Tanta era su obsesión para con el episodio nacional de marras que incluso conocía al dedillo los distintos uniformes y artilugios varios que usaba cada soldado según su rango y condición.

Me amparo en la indulgencia del lector para iniciar un párrafo como paréntesis a manera de paralelismo reflexivo de la reseña de Misión de audaces. A diferencia del cine estadounidense, el ínclito cine patrio contemporáneo está malbaratando la oportunidad de escarbar en la Guerra Civil española para mostrar el verídico drama humano. Escollado en laberintos de faunos y emboscadas con tricornio en las montañas donde moran aguerridos maquis, en una memoria histórica parcial y palurda, en una corrección política completamente maniquea y estafadora, la única guerra que hemos vivido en pantalla ha sido la de unos héroes «forjados en mil batallas, llorando en los rincones de las tabernas como niños» (para decirlo a la manera de Juan Marsé) o el trasplante de «esa literatura llena de viudas mártires muy buenas, de republicanos en las cunetas y chicas asesinadas» (para describirlo a la manera de Rafael Chirbes). El lacrimal sentimental ha imposibilitado, pues, la visión de una realidad más panorámica y dialéctica que la mera confrontación de primeros planos entre buenos buenísimos y malos malvados en la senda de una Raza a la inversa. De ahí que se agradezcan las excepciones excepcionales como el documental de Carlos García-Alix El honor de las injurias (recientemente premiado en el Festival de Cine de Valladolid), donde vocablos como «checa», «paseo», «terrorismo», «dictadura del proletariado» suenan a seco y letal gatillazo en la conciencia. Esperemos que a partir del próximo septiembre el film se haga un hueco en la embutida cartelera de pirotecnia estruendosa y analfabeta, y somnífera inanidad pseudo-intelectual.

Camino de Nashville

«La guerra, con su ruido y su furia, podría proporcionarle a Ford el espectáculo –despliegue de tropas, alientamiento de la artillería, cargas de Caballería– pero no la mira ni más ni menos que como la más escalofriante carnicería. No satisfecho con enseñarnos cómo van diezmándose las tropas, cayendo bajo el fuego de la artillería, nos lleva a la peor parte del campo de batalla, al hospital de campaña. Nos muestra operaciones que tienen lugar durante bombardeos (They Were Expendable), amputaciones sin anestesia (Misión de audaces), soldados jóvenes moribundos… En “The Civil War”… estas escenas breves, densas y presentadas en un orden lógico nos dan una imagen exacta de la guerra». Son palabras de Philippe Haudiquet (incluidas en «John Ford», de Joseph McBride y Michael Wilmington, Ediciones JC, Madrid, 1974, p. 200), y demuestran la voluntad naturalista del cineasta a la hora de encuadrar los desastres de la guerra. Evidentemente Ford no era ni mucho menos un pacifista. Sin embargo, como muchos otros directores, su participación en la Segunda Guerra Mundial fue crucial para reconocer que la guerra nunca es heroica. En ella pueden producirse actos individuales de heroicidad, pero, en su naturaleza, no cabe atisbo de civilización ni de panegírico panfletario.

En Misión de audaces la confrontación entre civilización y barbarie se delimita en el enfrentamiento constante entre el coronel John Marlowe (John Wayne) y el mayor cirujano Hank Kendall (William Holden) en un binomio que anticipa la pareja Wayne /Stewart de El hombre que mató a Liberty Valance (1962). Si el primero tiene como único objetivo conseguir llevar a buen puerto su misión del título en español (The Horse Soldiers es el título original) cueste las vidas que cueste, el segundo cuestiona los riesgos temerarios del coronel y únicamente esperar salvar cuantas más vidas sea posible. En el inicio del film, el general Grant (Stan Jones), único personaje histórico de la narración, confía a Marlowe la misión de adentrarse en territorio confederado con sus hombres y destruir la estación de Newton, núcleo de abastecimiento ferroviario de las tropas sureñas. Dado el riesgo de la empresa, Marlowe decide decirle a su batallón que se dirigen a Nashville para un desfile.

La narración contrapone, en un tempo mesuradísimo y acompasado por el grave himno marcial, la marcha itinerante de la caballería –planos generales del batallón avanzando a contraluz, travellings laterales, leves movimientos de cámara en un paisaje frondoso y verde muy alejado de la aridez espectral del mítico Monument Valley– con las paradas y descansos –en su mayoría en interiores que combinan, en claroscuros, la palidez fantasmagórica con el cálido ocre merced a la excelente fotografía de William Clothier–. Así pues, la dualidad, el enfrentamiento entre los dos protagonistas, la contienda civil entre los dos bandos, también se refleja en una historia lineal pero interrumpida por pequeñas historias acumulativas –recurso que Ford usó en muchos de sus westerns y que llevó a su excelencia en Centauros del desierto (1956) y Dos cabalgan juntos (1961)– que recaban en el factor humano. En el citado libro de McBride y Wilmington leemos unas líneas más abajo: «En su forma característica, Ford intercala acciones grandes y pequeñas, conflictos personales y destino nacional, desarrollando un microcosmos de la guerra». Este microcosmos se acentúa con la entrada en escena de la espía sudista (Constance Towers), que da pie a la historia de amor implícita e interrumpida con Marlowe. Aunque asimismo los secundarios dickensianos –impagables en su inmensa humanidad en todo el cine de Ford– contribuyen a enriquecer la intrahistoria y a delimitar el carácter tragicómico del film. A este respecto, la secuencia más significativa tal vez sea la de los niños de la Academia militar de Jefferson conducidos por un sacerdote hacia una masacre segura. Cuando uno de los chicos es apresado por un soldado de la Unión acaba castigado con unos cachetes en sus posaderas. Puro Ford.

Mucho más dramático es el asalto a Newton por parte de los soldados confederados. En un intento de emboscada a las tropas unionistas, los rebeldes se abalanzan sobre las barricadas y van cayendo bajo las balas de los fusiles parapetados. Incluso el coronel Marlowe no puede menos que emborracharse tras la carnicería. Es entonces, entre tragos amargos, cuando cuenta la historia de su mujer muerta por culpa de un médico inepto: expiación y explicación de su odio hacia la medicina. Y trazo final del héroe viudo, con pasado desgarrado, tan del gusto del cineasta, y que Wayne («ese trozo de carne con ojos», que dijo una vez el viejo zorro) supo moldear impecablemente. Las palabras finales que el cirujano Kendall dedica a Marlowe bien pudieran estar dirigidas a Ethan Edwards de Centauros del desierto: «Quizás sea un loco, quizás sea un héroe». En todo caso, un hombre atrapado por la guerra, una víctima más pese a seguir guerreando. La ironía malévola de guión (según la novela de Harold Sinclair) se debe a la condición civil de ingeniero ferroviario de Marlowe, que ahora tiene como objetivo destruir las infraestructuras del sur del país.

Descuidada durante años en el recuento de los grandes westerns de Ford, Misión de audaces es una de las postreras muestras de talento del director en los años cincuenta y anticipa el tono reflexivo y la atmósfera turbadora de las obras maestras de los años sesenta del pasado siglo. Esto es: Dos cabalgan juntos, El hombre que mató a Liberty Valance y Siete mujeres (1965).