Se llama José Antonio Martín Otín, pero entre los sportmen -es comentarista deportivo de Cuatro y la Ser- es conocido como ‘Petón’. Después de una biografía heterodoxa -nada de ‘nació, creció, murió’- sobre José Antonio, ahora se atreve con Pepín Bello, el último del 27. El libro se titula “La desesperación del té”, lo edita Pre-Textos y ya está en librerías.

-Qué manía algunos con encasillar a Pepín Bello.

-Con lo que no contaban era con que Pepín era un respondón. Mientras vivió no dejó de hacerles cortes de manga. Hoy, ya muerto, sigue descojonándose de ellos.

-De sus cortes de mangas, ¿cuál fue el más sonoro?

-Su recuerdo de Federico García Lorca como alguien ajeno a la política. Federico no fue víctima de la política, decía Pepín, sino de las insidias, de la negra reacción de unos que eran capaces de acabar todo.

-En el libro Pepín habla de Lorca… y de Primo de Rivera.

-Decía que José Antonio era el único español capaz de entender a Federico.

-Más le vale tener eso grabado.

-Lo tengo, lo tengo. Y le digo más: nunca le oí decir nada con tanta solemnidad. Pepín admiraba a José Antonio. Una de sus frustraciones fue no haberle conocido.

-A quien sí conoció fue a Dalí.

-Fue su descubridor. En la Residencia de Estudiantes todos pasaban por delante de la puerta abierta de Salvador, pero ninguno se paraba; el único, Pepín. Esto define su capacidad para observar al genio.

-También conoció a Buñuel.

-Con quien tanto quiso. Quizás por eso decía de él lo que decía: que era un machista, un embustero… y que de comunista no tenía nada.

-No se cortaba.

-Si no estaba de acuerdo contigo te lo hacía saber, pero sin dejar de quererte. Lo que tenía que decirte, te lo decía a la cara. Jamás le oí murmurar.

-Todo un caballero. ¿También con las mujeres?

-También. Pepín era un rendido admirador de la mujer, de su belleza. Eterno solterón, era muy de enamoriscarse, lo cual no quiere decir que no tuvo grandes amores. Los tuvo: dos. Se fue sin decir nombres.

-¿Tampoco le contó su secreto? Ya sabe, llegar a los 103 sin pegar golpe.

-Eso es una leyenda. Pepín sí trabajó. Hombre, es verdad que entre trabajar y no trabajar se quedaba con lo segundo, pero como usted y como yo.

-Más leyendas.

-Que era un autor sin obra. Hace poco se representó en Huesca “27 veces Hamlet”, la obra que escribió con Buñuel.

-También tenía una novela.

-”Lucas Grupo o el héroe andorrano”, de la que escribió el primer capítulo y el último, pero ninguno de los del medio. Ése era Pepín Bello.

-A pesar de lo breve de su obra, el 27 casi no se explica sin él.

-Le llamo el duende del 27 porque era capaz de entrar en una reunión de gente dispar y unir a los contrarios. Eso, que solo puede hacer un tío con magia, era su primera virtud.

-¿Y la segunda?

-El culto que rendía a la amistad. Aunque su idea de felicidad era amplia, él la remataba por lo breve: estar con los amigos, ingeniar cosas con ellos, divertirse.

-¿Qué más le hacía feliz?

-Contar cosas.

-¿Qué tal lo hacía?

-De arte. No he conocido a nadie igual. ¡Qué dominio del idioma! ¡Qué facilidad para la narración! ¡Qué memoria! ¡Qué tipo! Pepín Bello. Soberbio.