La impunidad del delito es la derrota de la moral; la indemnidad del delincuente es el abatimiento de las conciencias limpias.
No ha podido caer más a destiempo la noticia de que un alto tribunal, el Constitucional, ha dejado sin castigo la estafa de dos multimillonarios a un montón de pequeños accionistas. 4.000.000.000 (cuatro mil millones) de pesetas son los que tales timadores han birlado a esos inocentes, con la connivencia, males artes, mañanas y recovecos legales, infectos, de un presunto Estado de derecho, de sus leguleyos y togados.
Qué quieren que les diga, no estoy en el mejor estado de ánimo para emprender el camino de las urnas y depositar la papeleta. Qué desvergüenza, qué indecencia la de un pretendido y teórico Estado de Derecho que secciona la sociedad en millonarios impunes, de un lado y del otro, el resto de ciudadanos punibles. Por desgracia, la urna, que no es precisamente un ente taumatúrgico sino el endoscopio del cuerpo ciudadano, no va a reflejar más que el estado de salud de una sociedad acrítica, sin lecturas, analfabeta funcional en media parte, como mínimo, que dará el resultado general de unos políticos del mismo medio pelo y de la misma demediada conciencia que esa mediocre y amoral sociedad que los ha elegido.
¡Ay Montesquieu! Uno no entenderá mucho de la estructura y articulación del esqueleto legal, jurídico o judicial en que debe articularse un Estado de Derecho, pero siguiendo el sentido común, que es la entraña y alma de las palabras, se encuentra con un nombre, supremo, que señala el vértice de la pirámide legal y jurídica, el Tribunal Supremo. Pues bien, este organismo, del que el más lerdo ciudadano deduce “que no tiene superior en su línea” y funciones, que es altísimo, según la sinonimia, es el que dictó la sentencia de culpabilidad, con encarcelamiento incluido, de los “gabardinas”, conocidos como “los Albertos”. Todo ciudadano, o al menos los que usamos de ese sentido común, venimos a concluir que ahí se acabó todo, que es la última instancia, que no cabe más recurso, que es el último de los litigantes, etc. Pues no, en España, no sé si en otras naciones, que para el caso no me harían cambiar de juicio, aparece un organismo colateral, que no supremo ni superior y que por su propio nombre debería quedar definido en las funciones para las que se creó, el Tribunal Constitucional; es decir, el ente interpretador y vigilante de la Constitución. Aquí y por ello, viene la pregunta: ¿qué derechos constitucionales ha vulnerado el Tribunal Supremo en su sentencia sobre unos estafadores de cuello blanco, pero muy sucio, para que el tal Tribunal Constitucional meta sus puñetas en la resolución de aquél?
A lo que mueve y motiva tan insoportable sentencia es a que, por un lado, los grandes delincuentes millonarios pidan una ominosa equidad para su caso, como ya ha empezado a hacerlo otro ricachón enlodado como Javier de la Rosa, y, por otro, a que millones de ciudadanos decentes que religiosamente cumplen con sus deberes tributarios se nieguen a pagar sus impuestos para abonar los muy altos salarios de tan inconsecuentes y vidriosos ejecutores de la ley.
¿Estos jueces y ese Tribunal son los mismos, se dice, que van a contrastar la legalidad y legitimidad del Estatuto de Cataluña con respecto a la Constitución española? Pobre España, perdida y errante en el laberinto de sus propias leyes. Para ella, la democracia no ha sido el ideal sistema de libertades pretendido y necesario. Ésta, aún reciente democracia, puede que se convierta en su propio dogal. De este trance, como no pongamos bizarro remedio, es posible que tan vieja nación cuelgue en su día como un guiñapo del palo mayor de su propia Historia.
Como el sentido común vuelve a salir por sus fueros y a marcarte la dirección de la marcha, uno presiente, desde la lejanía del saber concreto sobre el derecho y las leyes, que aquello que dije más arriba de malas artes, mañas y recovecos legales, infectos, de un presunto Estado de Derecho y sus leguleyos, es lo que se atisba en el horizonte.
Así que si ese horizonte es el futuro hacia el que marchamos, será mejor no movernos del sitio. Si en las urnas del día 9 de marzo, ¡otra vez marzo y sus idus!, vamos a meter unas papeletas en cuyo respaldo se adivine aquello de que esto cambie para que todo siga igual, mejor quedarse en casa con un libro, un pensador y un pensamiento que te enseñen más para más sufrir; pero al menos que no te engañen otra vez.
Y, sin embargo, porque la democracia es siempre y al menos el sueño de un mundo mejor y más libre, iré a votar. ¿No va a haber, aunque sólo sea, un puñado de hombres justos, honrosos y leales en España?

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