El patriotismo falangista se articula en torno a dos ejes:
1. La aceptación de la decadencia histórica de España y el afán por superarla. La pregunta por España es consustancial al origen mismo de la Falange. En muchos sentidos, ésta ve la luz como una respuesta política a la pregunta sobre España, cuya respuesta no estuvo al alcance de los intentos excesivamente teoréticos y metafísicos de la gran generación intelectual que la precedió en el camino.
2. Su fe inquebrantable en el pueblo español. La Falange estima que los españoles aún conservan capacidades espirituales, culturales y de carácter para superar esa decadencia si así se lo proponen, a condición de ofrecerles un proyecto común donde tales virtudes puedan ponerse en juego. Un proyecto que active el potencial de nuestro pueblo al servicio de una gran causa colectiva, como viene siendo una constante a lo largo de su dilatada historia y cuya última expresión, por más que extraordinariamente poco ambiciosa, bien pudiera corresponderse con la transición democrática de 1978.
Por lo que hace a nuestra decadencia, ésta parece tener su origen en una profunda crisis moral en un pueblo acostumbrado desde antiguo a las tareas más inmensas y difíciles. Parecería como si los cuatro siglos de nuestro lento pero inexorable periclitar hubieran terminado por sembrar en los corazones incluso la duda sobre la continuidad de una Nación que, desde sus albores, parecía destinada a vencer en toda ocasión y a cualquier coste de heroísmo.
Nuestro patriotismo se enmarca, en consecuencia, en la necesidad de recuperar esa moral o colectiva que siempre caracterizó a lo español. Lo que en modo alguno viene a significar emplearnos de nuevo en viejas batallas donde, parafraseando al poeta, todo lo ganamos y todo lo perdimos. Fundamentalmente: porque el frente de batalla se ha desplazado ya hacia otros confines.
La gran novedad del patriotismo falangista recae en afirmar que la pérdida de nuestro pulso vital y nuestro carácter autóctono tiene su origen remoto en el sistema económico y social en el que nos hallamos inmersos. Existe una crítica general al Sistema que compartimos en gran medida. General porque es un invento de la mentalidad anglosajona y sólo a ella conviene y beneficia. Por eso, al socaire de cualquier forma de universalismo, es de capital importancia apreciar que en el caso español concurre una circunstancia especial: que el modelo económico y social del capitalismo es radicalmente contradictorio con ese carácter español que estimamos como el principal activo para superar nuestra decadencia nacional. Porque el carácter español resulta incompatible con el tipo humano que se deriva del modelo antropológico del capitalismo, del homo-oeconomicus, del burgués en los términos propuestos por Stendhal: “llamo burgués a todo aquel que piensa bajamente” (y, en particular, añadimos nosotros: a todo aquel que piensa con la cartera). El carácter español, a partes iguales: ácrata, independiente, orgulloso, arrojado y espiritual a su manera, según los rasgos trazados por nuestra mejor literatura y por más que “nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero”).
La primera tarea del patriotismo falangista ha de ser, en buena lógica, subvertir el actual sistema económico y social por otro que se corresponda más exactamente con nuestro carácter popular. Porque, al desconsiderar las peculiaridades de ese carácter español, el sistema capitalista es quien nos ha inoculado el cáncer de nuestra decadencia que no es otro que una tendencia suicida hacia la división fratricida.
José Antonio nos muestra cómo esa decadencia tiene su origen, precisamente, en la triple división engendrada entre sus hombres, sus tierras y sus clases. España ha dejado de pelear en el ámbito de los quehaceres históricos para enzarzarse en una guerra interminable declarada en su propio seno, para reencontrase a sí misma o para liquidar su unidad, según los casos. Y el esfuerzo fraticida la deja exánime, agotada, para reclamar el lugar que le corresponde en lo universal. Para los falangistas, el esfuerzo ha de principiar en consecuencia en el suelo patrio: tomar conciencia de cómo somos y diseñar un sistema político, económico y social acorde con aquellos rasgos en los que todos los españoles podamos vernos reflejados.
Después de una acelerada y urgente deriva el fundador de la Falange se rinde a la originaria evidencia jonsista: hay que hacer la Revolución. Hay que instaurar en España un sistema nuevo cuyos principios sean coherentes con la calidad única y diferencial del pueblo español, calidad paradójicamente ausente por lo general en sus elites dirigentes dados sus tradicionales complejos extranjerizantes. Un sistema animado por unos valores que puedan ser interpretados como propios por todos los individuos, las clases y las tierras de España, porque nacen del común modo de ser que nos distingue entre los demás pueblos del orbe. Un sistema que, como primera medida, instaure en lo económico los preceptos del estricto respeto a la dignidad de las personas (un sistema al servicio del hombre), pues nada hay más alejado del alma española que la alienación capitalista ni nada más pernicioso para su modo característico de entender las cosas como las seducciones del estilo burgués de vida. Y en lo político, el escrupuloso respeto a su libertad: la recuperación de España pasa indefectiblemente por que el pueblo conquiste definitivamente su mayoría de edad y sea tratado conforme a tal condición.
La gran tarea histórica que España nos demanda es su Revolución, para dotarla del sistema más acorde con las seculares demandas de un pueblo con características tan nobles y arraigadas como el español: la libertad y la justicia a manos llenas.
No existe otra forma de recuperar el heroico impulso de España y de escapar de la dinámica malvada de los siglos de penuria. Pero hay más. La Revolución ofrece a nuestra Nación una oportunidad para inscribir de nuevo su nombre con letras doradas en el gran libro de la Historia, restituyéndola como la gran Nación que se adelante a todas -una vez más- en el tenebroso mar de lo desconocido, jugándose la existencia en el envite, exportando generosamente su Revolución a todos los pueblos que padecen la fisura entre su carácter popular y el sistema de ideas extraño que rige sus destinos. Una oportunidad para que España retorne al lugar privilegiado que le compete en el concurso de las naciones y recuperar su vocación “imperial”, esto es, de guía y de vanguardia para otros pueblos y naciones.
En conclusión, España y la Revolución se requieren mutuamente. Por eso, por revolucionarios, por procurar siempre lo mejor para nuestra Nación, somos patriotas.

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