MADRID (ABC 10/I/08). Ángel González, el poeta que quería ser feliz, abandona este áspero mundo después de trabajar el aire, entregarlo al viento, volar, deshacerse, volverse silencio: «Por el ancho mar,/por los altos cielos,/trabajé la nada,/realicé el esfuerzo,/perforé la luz/ahondé el misterio. /Para nada, ahora, /para nada, luego; / humo son mis obras, /cenizas mis hechos./ ...Y mi corazón / que se queda en ellos». Cuando recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1985, quiso hablar como poeta, pero no pudo hacerlo sin contradecirse gravemente -advertía-, pues siempre sostuvo que los poetas no existen, salvo en la lectura: «Si hablase como poeta -dijo en el Teatro Campoamor el primer asturiano en recibir tan prestigioso galardón- les hablaría desde la nada. El poeta Ángel González, si es, estará en los libros como una posibilidad, como una propuesta al lector, que será quien, en último extremo, decida su existencia o su inanidad. Aquí está tan sólo el hombre que ha tramado las palabras que le dan vida al poeta, palabras que no tendrían sentido sin el concurso de los otros».
Para que este hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra bueno se llamara Ángel González (Oviedo, 1925), para que su ser pesara sobre el suelo, fue necesario -como él esculpió en «Áspero mundo» (1956, Adonais), primer poemario-, un ancho espacio y un largo tiempo: hombres de todo mar y toda tierra, fértiles vientres de mujer, y cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo. Solsticios y equinocios alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de su carne trepando por los siglos y los huesos. De su pasaje lento y doloroso de su huida hasta el fin, sobrevivió a naufragios, y se aferró al último suspiro de los muertos: «Yo no soy más que el resultado, el fruto,/lo que queda, podrido, entre los restos;/esto que veis aquí,/tan sólo esto:/un escombro tenaz, que se resiste/a su ruina, que lucha contra el viento,/que avanza por caminos que no llevan/a ningún sitio. El éxito/ de todos los fracasos. La enloquecida/ fuerza del desaliento...»
Su muerte ha sido un seísmo que ha sacudido la línea de flotación de la poesía española. Si el día anterior se apagaba la memoria de la Generación del 27 con la muerte de Pepín Bello, ayer se le rompía el alma a la del 50 (felizmente disfrutamos de José Manuel Caballero Bonald y Francisco Brines). Hijo de un viejo republicano que murió cuando él todavía era casi álalo, con el alma herida por la revolución del 34, y la piel rasgada por la incivil guerra («sus hermanos fueron compelidos uno al exilio de ultramar y otro al definitivo de la eternidad», detalló su querido y llorado Emilio Alarcos), la miseria de aquellos tiempos le provocó a Ángel González una tuberculosis que le recluyó en las montañas leonesas. Criado por su madre, aseguraba su mantenencia con un sueldo de funcionario por oposición. «Sin esperanza con convencimiento» (1961) expresa la pesadumbre del poeta ante el aún áspero mundo, pero proclamaba su fe en la palabra, sin la cual no hay poesía. Seguirían «Grado elemental», «Palabra sobre palabra», «Tratado de urbanismo». Abatido y «harto de la España de la dictadura, que parecía que no iba a acabar nunca», cansado de la burocracia ministerial, partió hacia América instado por su amigo Paco Ignacio Taibo. México, Maryland, Utah, Texas... y Alburquerque, donde se afinca en 1972 para enseñar Literatura Española en una Universidad que sí le honró como héroe: le concedió el «honoris causa».
De la mano de la poesía de Antonio Machado ingresó en la Real Academia Española, donde petrificó los muros de la Docta Casa con una lección magistral: «Las otras soledades». En plena posguerra, con esperanza y convencimiento, González empezó a leer la lírica machadiana, y observó cómo entraba en polémica con Juan Ramón Jiménez y su estética, con los poetas puros, con los vanguardistas. El profesor republicano influyó en el poeta del 50 en la ética ante la vida. Y anotaba que en tiempos de Machado litigaron las sectas poéticas: «Por ejemplo, el 27 -decía-, que defendía de manera militante la poesía pura. Pero más tarde la historia lo rompe. En la república los poetas se politizan y cambian de actitud. Y con la guerra civil la pureza se hace añicos». El poeta ovetense creía que la secta que más reivindicaría a Machado si viviera hoy sería la de «la experiencia». Pero a Machado la guerra le marcó «radicadizándolo cada vez más hacia la izquierda, identificándolo con lo que él consideraba que era la causa del pueblo, que era la causa de la República, con la que él se comprometió sin ningún tipo de reservas. Murió nada más pasar la frontera, como un exiliado más. Se fue ligero de equipaje... y perdió». Hace poco tiempo fue a despedirse a Collioure, a los pies de la tumba de su maestro de energía.
Ángel González, premio Reina Sofía, licenciado en Derecho, periodista, ha ganado, y se ha ido repleto del equipaje de la amistad de poetas, músicos, académicos... que ayer le lloraban en el Tanatorio, intentando consolar a su viuda, Susana Rivera, que confesó que el poeta ha mantenido la vitalidad hasta su último latido. Ángel González será incinerado hoy en La Almudena, y sus cenizas reposarán en Oviedo, junto a su madre, que le procuró su vigilancia sororal. «Largo es el arte; la vida en cambio corta / como un cuchillo / Pero nada ya ahora / -ni siquiera la muerte, por su parte / inmensa- / podrá evitarlo: /exento, libre».
TODOS USTEDES PARECEN FELICES...
...Y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen , incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo; esta
desesperante, estéril, larga
ciega desolación por cualquier cosa
que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.

Yo tambien me uno a tu artículo y te dejo uno por aquí:
SIEMPRE LO QUE QUIERAS
Cuando tengas dinero regálame un anillo,cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,cuando no sepas qué hacer vente conmigo
-pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en las mañanas
y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por los pétalos,
como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya te lo dije:
cuando quieras marcharte ésta es la puerta:se llama Ángel y conduce al llanto.
MARA TORRES blog
Saludos
Nota:yo también tengo un artículo de Ángel González en mi blog por si quieres leerlo y comentarlo ;)