UNA MORAL NACIONAL. Muchas de las visicitudes por las que ha atravesado nuestro pueblo se deben a la inexistencia o al olvido de una moral nacional, a la costumbre que los españoles adoptaron de no necesitar de ella y de no echarla siquiera de menos. Los españoles, sobre todo en el último medio siglo, han vivido sin acordarse para nada de lo que eran. Podían aspirar a sabios, a plutócratas, a jueces, hasta ¡a militares!, sin recordar ni tener mucho en cuenta su condición nacional, la condición de españoles.
Ese es un hecho bochornoso contra el que han de alzarse las juventudes. ¿No tienen ya éstas la sospecha de que si se prescinde de la dimensión nacional, la sabiduría es pedantería, la riqueza es latrocinio, la justicia es farsa y la milicia es aventurerismo puro?.
Hay una moral del español que no obliga ni sirve a quien no lo sea. Sin ella, bien poco haremos. Precisamente, es el servicio a una moral así y la aceptación de ella lo que nutre la existencia histórica de las grandes Patrias. Y es en los períodos en que esa moral es abandonada, desconocida, cuando los pueblos caen en degradación y en esclavitud. Pues se quiebra su existencia, se debilita su voluntad histórica de vivir, y tal coyuntura coincide siempre con la subordinación económica y política a otros pueblos.
España tiene que aposentar su unidad y su vigor sobre las anchas espaldas de una moral nacional, optimista y rígida. Ser español no es una desgracia, sino un espléndido regalo de la vida. Regalo en peligro y en riesgo permanente, que sólo puede ser retenido y conservado nutriéndolo todos los días con una moral de sacrificio por la Patria.
El servicio a España y el sacrificio por España es un valor moral superior a cualesquiera otro, y su vigencia popular, su aceptación por «todo el pueblo» es la única garantía que los españoles tenemos de una existencia moralmente profunda. ¡Ah, el gran crimen de no aceptar ese sacrificio, de negarse y hurtarse a él! Los pueblos sin moral nacional no son nunca libres. O son explotados y tiranizados por una minoría de su mismo país, también ausente de toda angustia moral y de servicio a la vida histórica de «todo el pueblo», o lo son, bajo engaño y careta de independencia, por un pueblo y un poder extranjeros.
No hay nada que hacer, camaradas, si no logramos poner en circulación una moral nacional entre los españoles. Esa moral de temple ascético que todos nosotros ya tenemos, y en virtud de la que deseamos salvar, política, histórica y económicamente a nuestros compatriotas. Es el basamento de nuestra acción, y lo único en realidad que eleva y distingue nuestra milicia de las simples bandas armadas que otros pueden quizá crear.
En nombre de esa moral y de lo que nos obliga, desarrollamos una acción revolucionaria, una lucha de liberación: liberación del español partidista, aniquilando los partidos. Liberación de los catalanes y vascos, luchando contra lo que les impide ser y sentirse españoles plenos. Liberación de los trabajadores, atrayéndolos a la causa nacional, y aniquilando la injusticia.
¿La moral católica? No se trata de eso, camaradas, pues nos estamos refiriendo a una moral de conservación y de engrandecimiento de «lo español», y no simplemente de «lo humano». Nos importa más salvar a España que salvar al mundo. Nos importan más los españoles que los hombres. Y todo ello, porque tanto el mundo como los hombres son cosas a las que sólo podemos acercarnos en plan de salvadores si disponemos de una plenitud nacional, si hemos logrado previamente salvarnos como españoles.
El hecho de que los españoles —o muchos españoles— sean católicos no quiere decir que sea la moral católica la moral nacional. Quizá la confusión tradicional en torno a esto, explica gran parte de nuestra ruina. No es a través del catolicismo como hay que acercarse a España, sino de un modo directo, sin intermediario alguno. El español católico no es por fuerza, y por el hecho de ser católico, un patriota. Puede también no serlo, o serlo muy tibiamente.
El no darse cuenta de esto toda la España extracatólica o indiferente ante el catolicismo, nos ha privado quizá a los españoles de una idea nacional de elaboración directa. Pues los elementos disconformes —¿los llamamos las izquierdas?— han demostrado en esto como en muchas otras cosas que eran unos simples satélites del otro sector nacional —¿lo llamaremos las derechas?—, y que su pensamiento lo han hecho aceptando como buenas las definiciones proporcionados por éste.
Pues, en efecto, siempre se han identificado los católicos con España, y no podían ni imaginar en serio que fuese posible la existencia de una idea nacional española, sino a través de la Iglesia. Ha habido en España un patriotismo religioso y un patriotismo monárquico, pero no un patriotismo directo, no un patriotismo popular surgido de las masas y orientado hacia ellas.
No, camaradas, la moral nacional, la idea nacional como deber, ni equivale a la moral religiosa ni es contraria a ella. Es simplemente distinta, y alcanza a todos los españoles por el simple hecho de serlo, no por otra cosa que además sean.

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