MEMORIA AZUL nos trae un espeluznante documento: una asquerosa carta del asesino de García Lorca, relatando pormenorizadamente el crimen y alejando a los falangistas de cualquier autoría en el mismo. Pocas veces una MENTIRA (mil veces repetida por nuestros adversarios) ha resultado tan alejada de nuestros verdaderos sentimientos ante este gran poeta español del Siglo XX.
El asesinato de Federico García Lorca fue uno de los más deleznables y tristes episodios de la Guerra Civil Española y uno de los principales pilares que desde las filas de la izquierda española han conformado la leyenda negra de la Falange, tergiversando de forma interesada y tendenciosa la relación en vida y muerte de Federico con la Falange.
Un artículo de Víctor Fernández de título “La carta que cuenta el asesinato de Lorca” y publicado en LA RAZÓN el pasado 04 de julio, venía a poner un definitivo hito en la reconstrucción de la muerte del poeta y la exculpación de la Falange granadina en su autoría en detrimento de la “Escuadra Negra” del exdiputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso.
La carta en cuestión ya había sido mencionada por Ian Gibson en 2003, y el artículo de Víctor Fernández solo tiene el valor de su trascripción integra y el relato de las circunstancias en las que fue escrita. En ella el autor, un tal MANUEL LUNAde Antequera, se jacta ante el ensayista Melchor Fernández Almagro, de su gloriosa contribución a la causa como paseador profesional, y de su participación directa en el asesinato de Lorca, con una morbosa autocomplacencia y una falta de caridad rayana en el sadismo, dando fe del arquetípico perfil del “paseador de retaguardia”. De ella citamos los párrafos más significativos:
“…tiene V. toda la razón, que todos los izquierdistas de España han sido siempre unos criminales sedientos de sangre y no otra cosa, que el liberalismo, el republicanismo, el socialismo y el acratismo en España no han tenido jamás una sola figura y solo tontos explotables y bandidos explotadores, sin que haya habido entre ellos, desde los comuneros a Negrín, nadie digno de respeto o siquiera mención. […] He vivido todo el glorioso movimiento primero en Granada, luego en Zaragoza y algún tiempo en Oviedo, después de la llegada de la columna de socorro gallega. En Granada me he distinguido bastante. Fui de los que asistieron, en una mañana de agosto, al fusilamiento, en el cementerio, ante las fosas abiertas, de setenta rojos, todos ellos bandidos, asesinos, criminales, violadores, incendiarios… Y gocé mucho, muchísimo, porque se lo merecían. Entre ellos estaban el presidente de la Diputación roja Virgilio Castilla, el ex gobernador rojo de Alicante Vicente Almagro, el alcalde rojo de Granada Montesinos (un médico), el ingeniero de caminos y ex diputado constituyente Santacruz, el ex alcalde de Granada Fajardo, el diputado Corro y otros más, médicos, catedráticos, abogados, ingenieros, procuradores, etc. Hicimos una buena limpia. Algunos días después cogimos al gran canalla de García Lorca -el peor de todos- y lo fusilamos en la Vega, junto a una acequia. ¡Qué cara ponía! Abrazaba los brazos al cielo. Pedía clemencia. ¡Cómo nos reíamos viendo sus gestos y sus muecas! Pertenecí a la ronda depuradora de Ruiz Alonso. Pero como le digo tuve que irme por asuntos particulares a Zaragoza y después a Oviedo. En ambas poblaciones ayudé también a la depuración. En Oviedo pasé un rato muy agradable viendo fusilar al miserable de Leopoldo Alas Argüelles, el hijo del repugnante Clarín.[…]

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